El transporte en los tiempos del cólera

Un viaje más largo de lo habitual

El lunes de la pasada semana, me dirigía al Vedado desde la Plaza Carlos III. Como suelo hacer en tal caso, agarré un ómnibus de la línea P-11 para quedarme en la calle G y me sorprendí de que su ruta no fuese la habitual, que incluye un pequeño tramo de Avenida Carlos III, un giro a la derecha en Avenida Independencia y enseguida la rotonda con el Monumento a José Miguel Gómez, última parada. No más de cinco minutos entre montarse y bajarse.

Imagen tomada de Cubanet
Imagen tomada de Cubanet

Ahora ya no es así. El viaje demora más debido a un cambio de itinerario que incluye una vuelta por la Universidad de La Habana, aunque el final del recorrido sigue estando donde antes, el mencionado –y nada discreto– monumento a “Tiburón”.

Mi primera impresión ante la novedad fue buena, porque pensando en la cantidad de estudiantes universitarios de La Colina, es obvio que habrá que caminar menos para llegar a las aulas. Con el cambio realizado en las rutas de transporte público (son varios los ómnibus desviados), muchos son los que se benefician al bajarse en la misma Universidad, y de todas formas el trayecto terminará en el lugar de siempre para no afectar demasiado a los demás usuarios, quienes sólo sufrirán unos minutos más de guagua.

Yo también fui estudiante y reconozco que moverme dentro de la ciudad fue mi mayor obstáculo para tener un buen registro de asistencia y puntualidad. Era un fastidio.

Pero algo me hace sospechar más allá del puro beneficio para los estudiantes que pronto comenzarán su curso escolar. Las líneas de los ómnibus llevaban años sin ser alteradas y una idea aparentemente tan práctica puede haber estado engavetada debido a que el gasto de combustible es mayor en las nuevas rutas. Es curioso que el fenómeno ocurra en un momento poco prometedor para la economía nacional, sabiendo además que la categoría Tiempo en este Tropical Paradise no vale nada, como tampoco vale mucho el bienestar de los ciudadanos comunes. ¿Por qué ahora?

Crónica de una epidemia no anunciada

No fue hasta el siguiente domingo en que pude conocer algunos datos que cambiaron mi visión del asunto. Me los proporcionó el periódico Juventud Rebelde de ese día (1º de septiembre), con un artículo llamado “Un buen ejemplo”, del señor René Tamayo León. Entonces leí la noticia de que el acceso de la calle G al hospital Calixto García estaba cerrado desde hacía breve.

El mencionado centro de salud ocupa una gran quinta llena de carcomidos pabellones. Es uno de esos grandes bolsones que marcan el ritmo urbano de la ciudad, y cuyas calles servían de vínculo peatonal entre puntos neurálgicos de la vida habanera. Tanto así, que en un solo día por sus puertas podían desfilar hasta 50 000 transeúntes.

Desde el punto de vista sanitario, esta circulación masiva era un problema. Al fin y al cabo, en un hospital confluyen las más raras enfermedades y estas son más proclives a diseminarse en tanto tengan más cerca una vía de propagación como lo es cualquier inofensivo viajero. Por otra parte, las pésimas condiciones del Calixto García contribuyen a ese peligro epidemiológico y los descontroles son fáciles, habida cuenta del deterioro tanto físico como funcional y ético del sistema nacional de salud.

Teniendo cerrada la entrada al hospital por la calle G, se corta el trasiego humano a gran escala por entre sus instalaciones. Ahora habrá más obstáculos entre la población y los agentes infecciosos. No obstante, regresa la pregunta de antes: ¿por qué ahora?

Del cólera y otros demonios

Se dice que en Cuba hay una epidemia de cólera, mas ni siquiera el diario principal del país reconoce tal cosa y dedica sus páginas a ensalzar el internacionalismo médico. La falta de declaraciones oficiales hace que las noticias se propaguen a oídas y que se construyan numerosas teorías o, cuando menos, se “enriquezca” a la realidad con fantásticos hechos.

Uno de los rumores es que Raúl Castro viajó a localidades cercanas a La Habana para constatar por sí mismo el estado preocupante de los enfermos de cólera, que aumentan en número y agotan las capacidades de ingreso. De ser cierto el rumor, quiere decir que una epidemia de cólera está a las puertas de la capital, si no ha irrumpido ya.

La situación podría tornarse grave. Las redes sanitarias e hidráulicas de La Habana están colapsadas, producto de una superpoblación desorganizada y una falta de mantenimiento crónica. El cólera, eliminado a principios del siglo pasado, encontraría actualmente un medio propicio para hacerse fuerte y permanecer latente un buen tiempo.

Ya ha pasado otras veces, y hace bastante poco, que algunas enfermedades desterradas de la Isla resurgen como fantasmas del pasado. Podrían recordarse los brotes de dengue –también eliminado a principios del siglo XX pero resurgido en los años 2000– que pusieron en marcha grandes campañas a escala nacional. “Ofensiva contra el enemigo” se llamaron aquellas maratones. Al día de hoy, no ha sido posible eliminar del todo algunos focos que persisten y llegan a tomar fuerza durante ciertos períodos del año, cada año. La Habana es una ciudad muy sucia. Por todas partes hay escombros, salideros y lugares propicios para que se almacenen aguas de todo tipo sin ninguna protección, por lo cual el agente dañino persiste.

Preparando condiciones

Actualmente, los contagiados de cólera o de todo aquello que aparente ser una infección diarreica aguda van a parar al Instituto Pedro Kourí (IPK). De continuarse propagando el mal, está claro que esta instalación no dará abasto.

El cierre de uno de los accesos al Calixto García, recinto de gran capacidad, puede ser una medida para comenzar a acondicionar un gran centro de atención de enfermos de cólera. Algo similar a lo que se hizo con el hospital Salvador Allende (Covadonga) durante la epidemia de dengue. Cabe señalar que la palabra “epidemia” fue metamorfoseada a gusto de los medios nacionales.

Uno de los principales intereses del régimen es que no cunda el pánico. Estamos hablando de un padecimiento serio, de alta morbilidad. Para el Estado, reconocer la existencia de una epidemia de cólera implicaría aceptar un gran fracaso de una de las vitrinas de la Revolución: la salud pública.

Por otra parte, el mundo vería como un peligro los viajes a este país y sería lógica una disminución en la entrada de turistas. Toda una tragedia para la economía nacional, pero ¿acaso el gobierno sería capaz de ocultarnos algo así por tal de no ver disminuir ganancias inmediatas?

Era una pregunta retórica.

Volviendo al tema del transporte, todos los cambios realizados en las rutas de ómnibus quizá no giren alrededor del bienestar de los usuarios, sino alrededor del cierre de un acceso peatonal por motivos epidemiológicos. Sólo espero que todas estas elucubraciones sean puro sensacionalismo.

 

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2 comentarios en “El transporte en los tiempos del cólera

  1. Me gusta tu blog, y muchas gracias por la informacion sobre el colera pues mi familia tiene la dicha( o la desgracia?) de vivir al lado del Calixto Garcia, asi que voy a advertirles de esa posibilidad, para que tomen las medidas oportunas y tartar de evitar esa enfermedad, suerte con tu blog

    1. victorarielgc

      Eduardo, perdona la demora de mi respuesta. Estoy iniciándome en este asunto de bloggear. Gracias por desearme suerte y comentar en mi blog. Te invito a que continúes participando.

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