Al árbol equivocado

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Imagen: http://www.debretts.com

Fue mi afición por la música cubana, y por todas las historias que giran alrededor de cierta banda que mucho aportó al Latin Jazz y a la cultura nacional, lo que me hizo interesarme en lo que a continuación resulta un relato típico de toda una generación: los hijos de la Revolución, que nacieron inmediatamente después de ella o que eran muy jóvenes en el año 1959 (aunque a estos últimos algunos autores prefieren llamarlos “hijastros”, definición más precisa).

En una reunión en casa un amigo tuve la suerte de coincidir con uno de los músicos que más admiro y que pertenecía a la legendaria banda que mencioné antes. Había sido invitado por los padres –músicos también– de mi anfitrión, y aunque la diferencia generacional era notable, el hombre no reparó en unirse gustosamente a la tertulia, mayoritariamente de personas de veintitantos años, como yo.

Durante un paréntesis que hicimos en el almuerzo, aproveché para preguntarle qué había sucedido con su grupo musical y específicamente con algunos de sus miembros, cuya pista se me perdía en el tiempo y ya, salvo algunas excepciones, no se les escuchaba en ningún sitio, amén de que los artistas estuviesen o no todavía en Cuba. Pero nada de lo que él me dijo me interesó tanto como su propia realidad.

Llegado a viejo, con la salud un poco deteriorada, a este músico se le hace difícil la subsistencia: una funcioncita en tal club o un numerito en más cual evento. Una flaca remuneración en pesos (CUP) al mes y ojo con cobrar en la otra moneda, pues ha de pagar entonces un impuesto aún más asfixiante que el que ya toca. Más allá de eso, le queda el más cruel de los ostracismos.

Ahora bien, ¿acaso alguien ignora que la dinastía “castrense” es productora de una frustración ya añeja?

Puede no pensarse que ello sea el resultado de haber permanecido en la orilla equivocada, pero es obvio que el amigo no se arrimó al mejor árbol. ¿Falta de mecenas políticos? Quién sabe. Algunos de sus antiguos compañeros, que le han hecho carantoñas al régimen, han corrido con más suerte. Lo que sí se reconoce hoy, como parte de otra de las campañas oficiales de “rectificación de errores” que implica cierta transparencia (por no decir cinismo) del gobierno es que, en sus buenos tiempos, su banda sonaba “demasiado yanqui” para los rectangulares oídos de ciertas vacas sagradas de algún ministerio de por aquí, no menos sagrado. Y en vistas de que era muy popular el talento reunido en semejante grupo, lo mejor para la clase dirigente parece haber sido dejar al tiempo y a los intereses individuales hacer su trabajo.

Hoy, los merecidísimos premios que antaño le otorgasen dentro y fuera de Cuba a mi fortuito interlocutor, están cubiertos de polvo en la memoria de la oficialidad. No sé si habrán sido las malas decisiones de este músico, sus expectativas o su suerte. El hecho es que de nuevo, para mí, ese mejunje político que representa el Estado-Gobierno-PCC-Revolución rebosa, cuando menos, de una cruel ingratitud hacia sus propios hijos. Es la historia repetida de toda una generación.

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