Once millones de náufragos en el Golfo

naufrago
Imagen: http://www.pekelandia.com

El mundo amanece cada día más interconectado, los datos se transmiten a velocidades de vértigo, las fronteras se vuelven surrealistas, el idioma universal se expresa en bytes y la religión mayoritaria es Internet.

Mientras tanto, Cuba se reafirma cada vez más como una Isla, como uno de los últimos rincones del planeta adonde no está permitido llegar a los misioneros de la información para evangelizarnos con el santo Google. Aislamiento, reclusión, ignorancia, al parecer todo muy bien pensado por los caciques insulares y sus behíques de la ideología.

Recuerdo que hace unos años vi un programa en donde unos europeos recorrían Bombay. La ciudad era una locura, con un tráfico caótico e infernal, animales de todo tipo en medio de las calles, mucha suciedad y gente comiendo con las manos como si tal cosa. Los camarógrafos se metían por favelas, lugares que daban grima, y por sobre aquellos intrincados y polvorientos pasillos serpenteaba un rollo de cables de los que no se distinguía cuál era de quién. “¿Y esto?”, preguntaba uno de los visitantes. “Esos son los cables de Internet, casi todos lo tienen”.

El programa –que por supuesto no lo pasaban por TV, sino que un amigo me lo había copiado para verlo en la computadora– seguía andando luego de aquel descubrimiento, pero ya nada sería lo mismo para mí. Lo que yo asumía que eran unos pobres diablos tenían algo que yo consideraba tremendamente prohibido y valioso: acceso al ciberespacio. Me quedé pasmado, sintiéndome miserable un buen rato, y después no me fue posible recuperar el hilo de la historia ni de interesarme por nada más de aquella urbe de la India. La magia de Bombay no había muerto, pero ya no me atraía su rico folclore ni su vida agitada. Aquel reguero de cables por los que un inocente turista había sentido curiosidad me había robado mi paz y a partir de entonces fui víctima de un sentimiento de abandono total, de estar completamente solo en una Isla olvidada.

Había chocado, sin querer, con el hecho de que el mundo no es solo un lugar, sino un suceso más allá del horizonte azul que se ve desde estas espumosas costas. Todo un acontecimiento que nos estamos perdiendo.

Y eso que ahora me puedo considerar afortunado. Al menos tengo una conexión, escasa pero estable, que me permite actualizarme de vez en vez y dejarme ver por plazas virtuales en las que sí puedo gritar lo que pienso sin temor a que me den golpes, me esposen y me lleven detenido… al menos no en ese preciso momento. Pero de pronto, tener esta conexión al mundo lo que más me ha hecho desear es que todos los demás la tengan también. Internet no es nada si no están todos.

¿Cuánto le pudiese costar al gobierno de Cuba facilitar Internet? Ejecutar la infraestructura necesaria para ello debe salir más barato que el sonado megaproyecto de Mariel, pero vamos: el costo político de la red de redes ha resultado ser demasiado alto para algunas tiranías de esta era, que ya no están ni estarán. Para nuestros magnates con charretera Internet es un riesgo demasiado grande.

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3 comentarios en “Once millones de náufragos en el Golfo

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