La música cubana no es para cubanos

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La tienda de discos en la esquina de 23 y L. Imagen: http://www.casatarajano.com

Para los aficionados de la música cubana, ya sea los que escuchan a intérpretes de piezas clásicas o quienes disfrutan de las orquestas más modernas y populares, es imposible comprar un CD original de los que se ofrecen en las tiendas de recaudación de divisas (TRD) pertenecientes al Estado. ¿El motivo? Claramente, el precio del producto: 4 CUC (alrededor de 100 pesos) por los más baratos y ni hablar de creaciones discográficas más acabadas, imposibles de adquirir por menos de 10 CUC.

En una pequeña tienda de la esquina de 23 y L, en el Vedado, los discos se exhiben junto a instrumentos musicales tradicionales, así como pulóveres, boinas, postales y llaveros con imágenes del Che o Hemingway. El mercado al que está dirigido ese comercio es principalmente de extranjeros que vienen buscando un suvenir que les recuerde a esa Cuba que trataron de venderles desde el instante en que compraron sus paquetes turísticos, incluyendo en sus anuncios los sonidos propios de esta tierra.

¿Qué pasa con esos cubanos de a pie que desean escuchar una música de buena calidad? Algunos amantes de este arte, que aprecian la diferencia que existe entre una grabación profesional y una que no lo es, sencillamente no pueden escuchar la música de su país porque no pueden pagarla. Sin embargo, son numerosas las producciones hechas completamente en el territorio nacional, con la participación exclusiva de sellos discográficos que pertenecen al Ministerio de Cultura y, por consiguiente, al Estado. Sin embargo, solo las personas con dinero, dentro de los cuales hay pocos nacionales, pueden costearse uno.

Los cubanos corrientes deben conformarse con lo que venden los comerciantes privados, que pueden “quemar” cualquier álbum que elija el comprador por un precio más asequible que aquél hallado en las TRD, pero cuyos resultados no cubren ni de lejos las necesidades del consumidor ya sea como audiencia exigente, como un simple coleccionista o como fanático de un artista determinado. La música que se produce en los estudios oficiales no parece hecha para los cubanos y da lástima que una gran cantidad de unidades permanezcan durante años en los estantes sin ser compradas. Al final la producción fonográfica debe ser desechada.

Un caso interesante de crítica a este sistema ocurrió con X Alfonso, quien declaró durante el concierto de lanzamiento de su último álbum de estudio, hace ya un tiempo, que este no sería comercializado de la forma habitual (precios excesivos y ventas mínimas), sino que se distribuiría de manera extraoficial copiándolo a todo aquel que se presentara con un medio para ello, ya fuera un CD en blanco o una memoria flash. Este hecho marcó dos cosas: por un lado, una alusión directa a la precariedad de la industria musical cubana, y por otro, el acercamiento del artista a ese mundo underground que es recurrente en sus temas; un mundo lleno de jóvenes que obtienen la música de su gusto –incluida la cubana– de sitios web visitados clandestina y frugalmente, cuyas descargas van multiplicándose de mano en mano y no precisamente por la conectividad a Internet.

Hoy por hoy, esos medios de circulación que también incluyen la producción musical local, son los mayores proveedores del mercado nacional. La música cubana en discos originales es un artículo de lujo para los cubanos.

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