Paperboys made in Cuba

viejo con periódico
Imagen: http://www.cubanet.org

¿No resulta todo un Ícono que los cuatro o cinco periódicos –no más– que se venden en La Habana sean distribuidos por ancianos?

Ya sea un modo para auto flagelarme, para reírme o incluso para obtener la chispa que prende alguna cosa que termino escribiendo, todos los días voy y compro uno o dos de estos panfletos grises que deberían contener noticias. Reconozco que a veces lo logran.

Y una de las cosas que marca esta regularidad es que siempre se los compro a un señor bastante mayor. No es que el vendedor siempre sea el mismo: lo que quise decir es que en La Habana son los viejos quienes venden el periódico y por la mañana, amaneciendo, se pueden ver las largas colas de ancianos (si sumáramos sus edades, esas colas serían milenarias) esperando en los estanquillos de prensa para comprar lo que luego venden para obtener ganancias.

Comparo lo siguiente: uno mira una película y ve que hay un repartidor de periódicos, por ejemplo, en EE.UU. Su estampa es diametralmente opuesta a la del “repartidor” de acá porque tiene, veamos, una bicicleta, va por un barrio bonito y no pasa de los 11 o 12 años. Es un niño el que le reparte los periódicos a los norteamericanos. Pasa rápido con su bicicleta, tira con fuerza un macuto de tropecientas páginas (obviamente allá los periódicos desayunan mejor) y enseguida se pierde con su bici, zigzagueando infantilmente entre una acera y otra.

Ahora vuelvo la vista de regreso a la película diaria de Cuba, en donde soy mi propio protagonista: voy caminando por la sucia avenida de Carlos III (y todavía darme con un canto en el pecho de que sea por ahí) hasta llegar a una esquina donde me espera este señor que pudiese ser mi abuelo y está rodeado de periódicos en el suelo. Miro al anciano, que debe tener más de setenta años y le doy un peso o dos por unos pocos papeles impresos.

Estos veteranos de los que hablo forman parte de un ejército que es nuestra viva estampa. Lo es, porque la situación que afrontan los ancianos de Cuba es el extracto de la historia revolucionaria. No hay nadie más indefenso, no hay nadie a quien hayan arrebatado más porque, a mí por lo menos, me sobran la juventud y la fuerza aunque no tenga todavía toda la libertad que quiero; a ellos, lo único que les queda es puramente esperar mientras su esfuerzo de años juveniles que quedaron atrás es “recompensado” por una pensión tan miserable que tienen que andar por ahí, con sus pasos inseguros y sus manos temblorosas, vendiendo Granma, maní o caramelos.

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