Pedro, mi colega.

no al racismoPedro y yo estudiamos juntos en el preuniversitario. Como estábamos becados en aquel entonces, teníamos no sólo la misma aula sino también el mismo albergue y los mismos horarios. Compartíamos la comida, los chistes y los juegos de básquetbol. Nuestras literas quedaban una frente a otra, así que durante tres años lo primero que vi todas las mañanas fue su cara de fastidio debido al sueño interrumpido por aquellos violentos “¡De pie!” que nos vociferaban para comenzar el día.

Como luego de graduarnos de bachilleres entrásemos a la misma facultad y de nuevo a la misma aula, tomando los mismos ómnibus para llegar a la universidad porque ambos vivimos en Centro Habana, en total estuvimos casi diez años viéndonos casi todos los días. Pedro es como de mi familia. Es uno de esos amigos que, pese a la falta de comunicación que imponen los cambios en las circunstancias de cada cual, no dejan de serlo aunque el tiempo pase.

Debo decir que mi colega, además, tiene una mente brillante. Era excepcionalmente bueno en materias que a otros nos parecían imposibles. Se graduó de ingeniero con Diploma de Oro y actualmente se desempeña en su profesión. En el aspecto del carácter, además, Pedro es un tipo que a veces se pasa de noble: no lo he visto disgustarse con nada salvo raras ocasiones y es incapaz de desearle un mal a nadie.

Pero ahora viene un pequeñísimo detalle que marca tal diferencia para algunos, que echa por tierra todo el indiscutible mérito que pueda tener mi gran amigo: ocurre que Pedro es bien, bien negro. Negro de pelo duro. Un negro de labios muy gruesos y de nariz chata. Un negro genuinamente negro.

¿Cuál es la importancia de esta salvedad? Ninguna para mí, pero pregúntenle a Pedro cuántas veces lo ha parado la policía nada más para pedirle el carné de identidad (muchas más veces que a mí). Pregúntenle cuántas veces fue objeto de burlas por sus características físicas, en especial por su color de piel; cuántos chistes racistas hacia él ha tenido que oír a lo largo de su vida. Yo mismo he presenciado algunos y no me han hecho ninguna gracia. Pregúntenle cuántos “blanquitos” se ponen nerviosos quizá cuando, tarde en la noche, coinciden con él mientras caminan solos de regreso de alguna fiesta por una oscura calle como las que pasan cerca de su casa –¡esas callejas oscuras que tanto abundan en La Habana!–.

Ser negro en Cuba implica que eres, automáticamente, sospechoso de algo malo. Aunque no existe un apartheid racial explícito, todavía una persona negra puede tener más dificultades que una blanca para conseguir un empleo de los que mejor pagan. Parece increíble, sobre todo en un país con tanto mestizaje como el nuestro, en donde la mezcla ha creado una cultura propia y auténtica, deliciosa e irrepetible.

El racismo que hay tiene varias formas de manifestarse desde lo más profundo de su arraigo popular. No sólo está aquél que va de los blancos hacia los negros y viceversa, sino que hay negros que discriminan a los de su propio color y tienen como un objetivo el “adelantar la raza” buscando una pareja de tez más clara. La cosa es que mientras menos negro se sea mayor será la ventaja inicial en esta vida, ya difícil de por sí.

Este tipo de discriminación social ha calado tan hondo en la conciencia de la nación durante toda su historia, que puede estar relacionada con el tipo de gobierno que sufrimos hoy: excluyente, intolerante e inexplicable desde una perspectiva racional. Muchos negros aceptan su condición de “inferiores” sin molestarse demasiado por ello, mientras muchos cubanos, tanto negros como blancos, aceptan su condición de explotados sin sublevarse. Son actitudes curiosamente coincidentes.

Ojalá el día que a todos nos convoquen a construir un país libre y próspero, Pedro, mi colega, esté aquí para levantar todos los puentes y caminos que es necesario construir. No tengo la menor duda de que, si de él depende, no habrá quien pueda hacerlo mejor.

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