Paranoia

Una motocicleta marca Suzuki vino al lado de nosotros casi todo el tiempo. Las calles estaban medio vacías, así que durante largos tramos los únicos que circulábamos éramos aquel motorista y el carro en donde iba yo (por cierto, un detalle: conmigo en el mismo vehículo viajaban otros disidentes). A ratos nos pasaba sin alejarse mucho, a ratos nos seguía. No se perdió de vista ni por un instante y compartimos con él iguales colores de luz indicados por cada semáforo que nos cruzamos en el camino.

Íbamos por la calle Zapata, que continúa en la Avenida Carlos III. Ya cuando llegamos a esta última y nos pusimos a esperar la verde a la altura de El Príncipe, el sospechoso individuo que iba en la Suzuki prestada (no era de él, sino de cierta “empresa estatal” según me indicó el fondo azul de su matrícula) hizo una maniobra de lo más peculiar: desde la senda derecha nos adelantó, atravesó de lado a lado la senda en donde estábamos para aproximarse a la izquierda, y finalmente giró en ese sentido para dar una vuelta en U. Mientras hacía esto el hombre, oculto el rostro bajo un enorme casco, no dejó de mirarnos a todos los que estábamos en el carro con unos ojos un poco furiosos. Acto seguido, desapareció.

“Mira a este” dijimos todos. Por el respeto que le tengo a mi blog y a mis lectores, no voy a mencionar explícitamente la forma en que lo llamamos en los comentarios que hicimos. No nos quedó mucho espacio para dudar de que se tratara de un agente de la Seguridad del Estado en misión de control de la población opositora. Este es un ejercicio que realizan cada año los heroicos y valerosos combatientes del Ministerio del Interior, en ocasión del Día por los Derechos Humanos. Efectivamente, he dicho “heroicos y valerosos”, ¿o es que nadie sabe el riesgo que entraña el ataque de una peligrosa Dama de Blanco armada con mortíferos gladiolos o con una foto, y las terribles secuelas que eso puede provocar? Oh, sí: la Seguridad del Estado debe enfrentar a la oposición mejor preparada y más despiadada del planeta. Cuando el tipo constató que no íbamos en plan manifestación (sencillamente regresábamos a casa luego de una conexión a Internet) fue que nos dejó tranquilos, o a lo mejor ocurría que desde ese punto le tocaba a otro compañerito suyo.

No tendría ningún motivo para escribir esto hoy si no tuviese la familia que tengo. A fin de cuentas, maniobras raras en la vía se observan a diario y el presunto agente no tendría que ser tal, necesariamente. Lo que pasa es que ya otras veces me ha tocado por carambola la vigilancia de la policía política. Es una consecuencia inevitable de mi genética, de la cual me he sentido siempre particularmente orgulloso. Y Ahora que yo también blogueo, las cosas se complican un poco. Confieso que me he estado reuniendo últimamente con muy malas compañías.

Pero bueno, para quedar bien con algún que otro majadero diré solamente que, quizá, todo sea pura paranoia.

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