El discurso del General

Con una voz nasal, grave, y los tonos gastados con los que suele rumiar sus discursos, Raúl Castro se perfila como un locutor anacrónico y malo aún sin prestarle mucha atención a lo caduco en el contenido de sus palabras. La verdad es que a veces suena parecido a un borracho resacado que midiera cada frase y la procesara detenidamente luego de salida de su propia boca, por no estar seguro de si se está en una sesión parlamentaria en tiempo real o nada más pasando por un delirium no muy tremens.

Esa ha de ser una de las razones por las cuales El General habla poco: no le gusta que nos riamos de él mientras intenta leer esos aburridos panfletos que le facilitan sus ayudas de cámara. En eso se diferencia mucho de su hermano Fidel, que hasta bien entrado en la senilidad conservaba cierta gracia en la oratoria, antes de convertirse en un completo orate. Pobrecito.

Pero yendo al meollo de la cuestión, debajo de la superficie engominada que crea el sonido del Presidente en pantalla se esconden frases tan poco originales como huecas. Lejos de convencer a quienes buscamos algo más que la “venta liberada” de automóviles, el Hermano Menor en funciones puede llegar a inspirar lástima mientras lo observamos retorcerse frente al micrófono, como quien no quiere estar allí sino tras el habitual y tranquilo buró que corresponde al gerente del monopolio más poderoso en Cuba, es decir, al jefe del ejército.

Y los últimos días han sido un calvario. Entre Planes Presupuestarios, reuniones de la Asamblea Nacional y del Consejo de Ministros, Raúl Castro no puede más. Quizá solamente le queda, mientras escucha a sus subalternos, soñar despierto con la papilla de fin de año –sí, pues a fin de cuentas el hombre ya tiene 82 años y el geriatra le habrá prohibido las altas dosis de colesterol que aportan los atracones con carne de puerco de los treinta y unos de diciembre–.

Con tales ánimos, El General nos ha espetado un discurso digno de él, lleno de mensajes escuetos y que repiten lo mismo que viene diciendo desde que asumió el poder (o lo terminó de escalar hasta su último peldaño). Pese a sus aspavientos, el viejo luce cansado. Vuelve a centrar su intervención alrededor de términos como “ORDEN, DISCIPLINA Y EXIGENCIA” (estas fueron las únicas palabras escritas con mayúsculas en la versión taquigráfica publicada por el Consejo de Estado), como si se tratara de la orden del día en una unidad militar. Finalmente, ha apelado al recurso del “bloqueo norteamericano” y las relaciones con los Estados Unidos como condición sine qua non para hablar de la política insular proyectada al exterior.

Eso sí, extrañamente hizo alusión a la deuda externa cubana y en la parte final de su perorata mencionó explícitamente a la “emigración cubana” como un actor a tener en cuenta. ¿A qué juega El General?

Pero lo más divertido de sus más recientes apariciones, sin duda, son sus conclusiones dicharacheras de filósofo anónimo, con la sabiduría característica de cualquier campesino de Birán: “Si no producimos, no podemos avanzar”.

¡Este anciano señor y sus perogrulladas…!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s