Que viva la anarquía, pero que viva lejos

“Orden, disciplina y exigencia”. Esas palabras se me han quedado grabadas en la cabeza  a fuerza de repetición en todas partes, lo mismo en los periódicos que en la televisión, o en las vallas publicitarias desperdigadas por las avenidas de la Ciudad. No puedo evitar que me martilleen los sentidos, aunque no desee prestarle atención a los delirios octogenarios de los capos del Comité Central, que han estado usando mucho sus uniformes últimamente y que seguro, todo vestiditos de verde, se repetirán ese bocadillo a sí mismos una y otra vez frente a algún espejo mientras intentan controlar ciertas incontinencias propias de la edad.

Y me gustaría dejar claro que respeto profundamente a las personas mayores, con sus achaques y sus necesidades. Hace unas semanas publiqué un trabajo en donde me solidarizaba con aquellos ancianos que deben buscarse todavía el sustento en las calles luego de matarse su vida entera, trabajando durante décadas confiados en que al final de sus días tendrían una vejez merecidamente digna.

Lo que sí no puedo respetar es que un circo de hombres decrépitos decida qué hacer con mi país. No le echo la culpa a sus muchos años porque de todos modos ellos siempre fueron así, pero ahora mientras alzan sus voces cansadas y sus brazos temblorosos para lanzar consignas, lucen poco menos que ridículos en su afán por gobernar Cuba por encima del bien y del mal.

Lo otro que choca contra mi lógica es su aplicación selectiva de principios según convenga. Mientras por un lado dan orientaciones para que reine el “orden, la disciplina y la exigencia” en su feudo tropical y pretenden mostrar la imagen de una sociedad ascética, por otro promueven que a sus opositores los traten literalmente a patadas. Bajo su gobierno han proliferado las formas de comportamiento más vulgares e incivilizadas, que van desde los actos de repudio o los maltratos a quien sea en cualquier establecimiento, a la escena del que orina en un árbol de la Avenida Carlos III, a plena luz del día, sin que nadie lo moleste.

Los fundadores del Estado Revolucionario hablan de algunos de estos problemas como si durante todos estos años hubiesen estado ausentes tanto ellos –los jefes– como las malas costumbres que han venido tomando muchos cubanos. Ahora pretenden halarnos las orejas y proclaman una “guerra contra las indisciplinas sociales”, que muy posiblemente se quede como otra de sus campañas terminadas en derrota lo mismo por declaración que por un manto de silencio tendido sobre ellas.

Mucha disciplina y orden quieren lograr ellos aquí. ¿En dónde dejaron las guerrillas que fomentaron en tantos lugares del mundo? ¿Qué hay de esos movimientos paramilitares que recibieron preparación en Cuba, en sitios como el Polígono de Entrenamiento de Tropas Irregulares (más conocido por sus siglas, PETI)? Durante la Guerra Fría, amparado por una servil relación con la Unión Soviética, el gobierno cubano sembró el caos en disímiles y recónditos parajes. ¿En dónde, si no, lucharon o terminaron muertos guerrilleros de importación como Ernesto Guevara?

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Una estudiante chilena exige educación gratuita en una protesta pública. ¿Sabrá que en Cuba no son 15 años pagando, pero sí una vida entera con un salario ridículo? La mayor diferencia no es esa, sino que aquí la muchacha no podría hacer lo mismo que hace en su país sin sufrir consecuencias graves. Imagen: radiolibertad.com.pe

Ahora ya no queda la falda imperial de mamá U.R.S.S. para refugiarse, dinero para derrochar o fe suficiente de la plebe, así que los medios de prensa sólo pueden jugar a seguir con sobrado interés los movimientos sociales que ocurren en otros países, donde sí está permitido manifestarse en contra del gobierno, lanzarse a las calles, exigir cambios; donde un presidente no tendrá tanto margen para el error ni para el mandato. La propaganda cubana ensalza la anarquía y el paro nacional, pero bien lejos de Cuba. En otro lugar sí puede haber desorden: aquí no. En Cuba el desorden se castiga con persecusión persecución y hasta con años de prisión (con todo lo que una cárcel en Cuba implica). Aquí sí que no se permitirá ese tipo de “relajo”: ni siquiera la protesta pública más pacífica u organizada posible.

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