Escondiendo la basura

Sale de su casa un poco apurado. Es tarde, de madrugada casi. La bolsa plástica que lleva en la mano, aunque está fuertemente anudada, despide un olor fuerte como a marisco viejo. Mientras cierra la puerta da un vistazo rápido a su alrededor. ¿Miedo a que los gatos del vecindario se le abalancen?

Nada de eso. Lo que pasa es que teme toparse con algún vecino chismoso y este sospeche de la carga que lleva: evidentemente unos cuescos de langosta en salsa que sobraron de la comida de ayer. En este momento no solo está botando la basura, sino también eliminando el cuerpo de un delito.

Él es el final de una larga cadena de ilegalidades que comienzan cuando algún pescador en un apartado pueblito se zambulle en el mar a atrapar un ejemplar del crustáceo, o sale en su bote a recoger la nasa que ha dejado furtivamente en cierto lugar y que sólo sus instintos de hombre de mar saben dónde se encuentra. Que luego venderá el fruto de su trabajo a algún viajero, el cual va de regreso para la ciudad con otros productos de origen similar como pargos enteros, gruesas ruedas de pez aguja o paquetes de camarones. En Cuba, una isla rodeada por las exquisiteces del Mar Caribe, es un crimen la explotación de estos recursos que, en cambio, pululan en las redes de turismo o de tiendas en divisa (estatales) muy selectas a precios de museo: mírame y no me toques. La pesca para el comercio privado está prohibida o enfrenta muchas dificultades.

La cantidad de controles policiales en el camino del comerciante variará según el día y el recorrido, pero al final la carga marinera –o la parte de ella que no haya sido utilizada para sobornar a las autoridades – llegará a la ciudad y será distribuida a clientes preferenciales que previamente encargaron su parte, entre ellos quizá altos cargos de empresas propiedad del gobierno.

Nuestro héroe de hoy no es de estos últimos. Es otro cubano que sobrevive un día a la vez; que tan sólo quería hacer al menos una comida especial en el año para celebrar junto a su familia y que ahora camina sigilosamente con una jabita llena de inmundicia “altamente explosiva”. Cualquiera en su barrio pudiera ser un potencial delator, y por tanto una de las tareas más cotidianas de la casa se convierte hoy en una operación que debe realizarse en el más absoluto secreto. Alguien pudiese estar mirando. Quién sabe si un informante anónimo del CDR, o del DTI… En fin, que no se puede confiar en nadie y es mejor ser precavido. No obstante a que los tiempos han cambiado en alguna medida, siempre hay un envidioso para delatarte y una organización que lo utiliza para recordarnos a todos en qué país estamos.

El tanque de la basura está en la esquina misma, cerca del edificio. Él toma el camino contrario, avanza un par de cuadras, dobla a mano izquierda y se dirige hacia un contenedor más lejano. Cinco minutos después regresa despreocupado y triunfante. Tiene una sensación que durará poco, pero atesorará los instantes de su cena con un gusto inigualable. Le basta, por ahora, para seguir soñando con comidas mejores.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s