Un viejo polígono de pruebas

Tenía yo diecisiete años y comenzaba mi último curso en el preuniversitario, el doce grado, antes de que me agarrara el servicio militar inevitable (u obligatorio o como quiera llamársele a esa barbaridad). Estaba becado en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Vladimir Ilich Lenin, al cual suele llamársele “La Lenin” a secas. Aquello es un complejo enorme de edificios docentes, torres de albergues e instalaciones de todo tipo. Grande de verdad. En mis tiempos habíamos como 3000 alumnos metidos allí y todavía quedaba bastante espacio. No recuerdo bien cuál era su extensión de una punta a otra pero sí que, aún caminando a buen paso, uno se podía demorar largo rato en recorrer todos aquellos pasillos.

Había entrado en ese lugar cuando tenía quince años, en septiembre de 2003. Entonces La Lenin estaba hecha leña. Hacía mucho que unos hijos de Fidel Castro habían egresado de allí y la escuela no había escapado a los durísimos problemas económicos que enfrentó el régimen de papá a partir de los 90’. Las puertas y ventanas de madera, si las había, estaban rotas, los baños daban asco, las camas eran incómodos jergones con peste a humedad y las taquillas para guardar las cosas tenían toda clase de bichos alojados entre sus planchas de cartón bagazo. Todo exhibía una mugre acumulada por años. El agua escaseaba, la comida era un sancocho –escaso por demás– y el aspecto general de las construcciones dejaba mucho que desear. Recuerdo claramente mi primera impresión al llegar allí: “Esto es el culo del mundo”, pensé. Todas las paredes estaban cubiertas por una fina capa de polvo rojizo.

El motivo por el cual me bequé en La Lenin es simple: fui educado en la creencia de que aquel era el mejor bachillerato disponible y supongo que no estaba muy lejos de la verdad, pues todavía cuando aquello no habían reaparecido los institutos de preuniversitarios en la ciudad sino que todos quedaban en el campo y tenían la fama de no ser el sitio apropiado para un desarrollo académico. En cambio, en La Lenin todavía trabajaban buenos profesores y ya eso era todo un logro dentro del deteriorado sistema de educación cubano.

Pero para empezar, los albergues eran un infierno. Cuando los tragantes no funcionaban y el agua hedionda se acumulaba no había Dios que aguantase la peste a podrido. Los lunes eran los peores días porque muchos estudiantes traíamos almuerzo de la casa y las redes sanitarias se sobrecargaban con la basura. Y como los lunes eran precisamente el día de ingreso, hubo semanas que transcurrieron casi enteras teniendo que vivir en aquel trance antes de que apareciera un plomero providencial. En invierno, las duchas heladas proveían un catarro seguro y los viejos fusibles de la electricidad fallaban producto de los calentadores que usábamos a escondidas. También estaba lo que daban de tragar en el comedor y que sabía espantoso, aunque luego supe que no serían aquellas mis peores comidas.

La adaptación a aquel modo de vida fue difícil para mí. Por suerte –vale la pena recordarlo–, en el camino siempre aparecieron buenos amigos que lo son hasta hoy. En esas condiciones tuvimos que sobrevivir durante el décimo grado y la mayor parte del curso siguiente. En total fueron casi dos años así, pero todo cambió de repente…

(Continúa en el próximo post)

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