Un viejo polígono de pruebas (II)

Es abril o mayo de 2005. Faltan como dos meses todavía para mis vacaciones y luego cursaré mi último año de bachillerato. Llevo becado desde el décimo grado y ahora estoy terminando onceno, dentro de esta escuela que fundase el mismísimo Fidel Castro, en 1974, con un apoteósico acto donde también estuvo presente el presidente de la URSS de entonces, Leonid Brézhnev. (Por cierto, que un día me encontré un viejo pedazo de rollo de película que volaba por la hierba, y que contenía imágenes de aquella lejana y cada vez más olvidada ceremonia)

“Pero fundamentalmente lo que queremos de ustedes es… la modestia” decía más o menos una vieja grabación en donde se oía a un joven y grave Jefe de la Revolución Cubana. La ponían en actos políticos que tuve que empujarme con una frecuencia traumática. Y muchos de los que estudiaron conmigo pensaban que La Lenin seguía siendo un lugar “bendecido” por la mano del Número Uno de Cuba. Era un instituto preuniversitario altamente politizado, lleno de individuos que se creían herederos de cierta aura mística, tanto profesores como alumnos. Yo nunca he entendido, realmente, qué habría querido decir “El Fifo” con aquella frasecita suya, salvo –quizás– la predicción de que en esa escuela se iba a graduar más gente presuntuosa que en ningún otro lugar. Tratar de formar una élite creída de sí misma, encaminada a heredar cargos importantes del régimen, tal vez haya sido el experimento primario en ese sitio. ¿Cuál era el objetivo, si no, de tanta fanfarria? A fin de cuentas, el ego es un recurso abundante en ciertas personas que, al mismo tiempo, resultan manipulables.

Todavía en mis días todo lo que se hacía allí era en grande: las concentraciones patrioteras, los “días de la defensa”, la celebración de toda fecha que figurase en el anecdotario oficial. En cuanto a las instalaciones había, por ejemplo, tres piscinas enormes: dos de ellas olímpicas y un tanque de clavados cuyo trampolín era sitio obligado para tertulias y calenturas furtivas. Durante todo el tiempo que estuve becado, sólo una de ellas se llenó alguna que otra vez mientras que las otras dos permanecieron siempre secas o almacenando desperdicios. Había canchas al sol hasta para aburrir, con aros de básquet desvencijados y alguna red de voleibol muy ocasional. La pista de atletismo mantenía más o menos su trazado original gracias al relevo de pies que aplastaban el césped ahí donde se suponía fuesen los carriles, pues era el uso y no el mantenimiento lo único que la había salvado de la desaparición total. Una de las cosas que más lástima daba era el tabloncillo, todo cubierto del guano producido por millares de murciélagos que dormían tranquilamente colgados del techo, a plena vista del espectador.

Acostumbrado ya a todo aquel espectáculo decadente, cuál no sería mi sorpresa al enterarme que yo y todos mis compañeros íbamos a tener que irnos a dar clases cada cual en su municipio. Para mí no hubo problema, porque de todos modos yo no tenía ganas de estar becado. Convivir con mis colegas, lejos de mi hogar, me proporcionaba cierta independencia que disfrutaba bastante; pero estar en casa me proveía de comodidades incomparables. Así que el onceno grado lo terminé dando clases un par de horas al día en alguna escuela secundaria de La Habana Vieja.

Durante nuestra ausencia a La Lenin, al instituto comenzarían a acondicionarlo radicalmente para lo que sería un nuevo gran experimento.

(Concluye en el próximo post)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s