Un viejo polígono de pruebas (III)

He dado demasiadas vueltas para llegar a donde quería en estos relatos. Primero me ubiqué comenzando mi último año de preuniversitario y luego fui un poco más atrás, antes de terminar el onceno grado, cuando nos sacaron de la escuela porque las brigadas de constructores llegaban una tras otra para desmantelar los edificios de albergue. En fin, que creo me disgregué un poco haciendo el cuento. Nunca me había sentado a escribir estas memorias, y ahora que lo hago las imágenes me asaltan en bandada y me envuelven en un caos del cual apenas escapo ileso. Lamento que mis lectores deban sufrir las consecuencias de mi incompleto oficio como narrador.

Pero para dejarlo todo cronológicamente claro, retomo el principio de esta saga: acabo de entrar en doce grado, mi último año becado en La Lenin. Ante mis ojos aparece una escuela cambiada, nueva en su mayor parte. Ya se han ido los constructores y lo que han dejado detrás es increíble, la muestra de lo que se logra cuando se le pone capital a algo. No hablo de lo que se llamaría tranquilamente “una suma grande”, no; hablo de una cantidad exorbitante, excesiva, empalagosa… de dinero.

Resulta que aquellos que creyeron que al Instituto no lo habían dejado completamente olvidado llevaban algo de razón. Todavía quedaban experimentos por hacer en ese viejo polígono de pruebas que es el IPVCE, y aquí estaba el más reciente. El caso era que todos esos grandes albergues, en donde cohabitábamos con la hediondez, fueron transformados de la noche a la mañana en cómodas residencias para los pacientes de la “Operación Milagro” que se hospedaron a miles allí durante el verano.

Gracias a unos pobres infelices, salidos de los más recónditos parajes de Latinoamérica para venir a Cuba a someterse a una cirugía de la vista, fue que a la destartalada Lenin la pusieron a todo tren. Ahora había puertas y ventanas nuevas, las divisiones entre los cubículos eran de pladur, blanquísimas e impecables, los pisos estaban recién pulidos y los baños… ¡por Dios, ahora ir al baño no era una tortura! ¡Todo estaba nuevo, funcional, limpio!

Cada cubículo tenía uno o dos aires acondicionados. Sí, así como se lee: aires acondicionados. Hubo una semana en que mantuvimos los nuestros encendidos a toda hora, sin importarnos el derroche, nada más por la idiotez de ver quién aguantaba más frio. Éramos como niños con juguetes nuevos, porque al menos yo ni siquiera en mi casa tenía un aparato de esos. Al lado de cada edificio de albergue habían instalado generadores eléctricos tan grandes como camiones, para que no fuese a fallar la corriente (Urrutia, le pusimos a aquellas moles, como el apellido de un corpulento jugador de béisbol de aquel tiempo). También estaba nuevo el mobiliario, con colchones de espuma infinitamente mejores que los viejos sacos de guata a los que estábamos ya adaptados. Las taquillas de cartón habían sido reemplazadas por otras de un cortante metal.

No puedo negar que estábamos muy contentos con todo lo que habíamos heredado de los “hermanos latinoamericanos”, porque hasta la comida estaba mejor. Los comedores habían sido dotados de equipamiento: calderas, canchas, sillas y mesas. Todo nuevecito de paquete. La comida seguía sabiendo mal, pero ya el menú no volvió a ser tan repulsivo. Hasta nos deleitamos con un poco de helado algún que otro día y, por primera vez en años, en La Lenin hubo merienda nocturna, que nos daban antes de irnos a oficialmente a la cama.

Pero mientras tanto, los edificios docentes quedaban en el olvido. Por eso casi no he hablado de ellos. Parece que como no eran de interés para la dichosa “Operación”, tuvieron que esperar un poco más para reivindicarse. Pasó un curso completo antes de mi despedida del preuniversitario y todavía las aulas seguían tan desastrosas como antes. Quizá ahora hasta un poco peor, porque buena parte de ellas estaba desmantelada. Yo mismo vi cómo destrozaban laboratorios enteros de física, química, biología (los laboratorios de idiomas de los que me hablase mi padre habían desaparecido muchos cursos atrás). Algunos profesores salvaban lo que podían en las cátedras, pero obviamente había una intención política por encima de ellos dedicando más recursos a construir un hotel para extranjeros que a reparar una escuela para cubanos.

En eso se fue convirtiendo el centro, en un hotel. Los latinoamericanos se habían marchado para cuando comencé el doce grado, pero pasaron unas pocas semanas antes de que unos nuevos inquilinos llegasen. Eran el otro último gran experimento, un ejército de trabajadores sociales que ocuparon tres torres de albergue completas. No era escandaloso que estuviesen allí, aunque sí lo eran sus condiciones infinitamente mejores que las nuestras: por ejemplo, mientras los becados nos movíamos en unos ómnibus minúsculos e incómodos que se rompían en el momento más inoportuno, los nuevos niños mimados del régimen pasaban a nuestro lado en enormes transportes interprovinciales de estreno. ¡Ah, la envidia! Un capricho viejo mirando uno nuevo, a eso se reducía la escena. Un proyecto olvidado frente a otro, posterior, que también terminó por olvidarse. Sí, porque ¿qué fue de los trabajadores sociales, finalmente? ¿Alguien sabe?

Ha pasado tiempo desde que me fui de ahí. No sé a qué experimentos habrán sometido a mi viejo preuniversitario desde entonces. Nada más creo que, dentro de algún tiempo, va a volver a ser ese sitio olvidado y sucio que era cuando yo lo conocí –esto, si no ha sido reducido a eso todavía–. Será, entonces, como cuando diez años atrás llegase a ese lugar al cual tuve que adaptarme a la fuerza aunque siempre termino recordando con nostalgia. Por eso, una última cosa, que no por dejar para el final es menos importante: quisiera dedicar estos tres posts a toda esa gente maravillosa con que compartí mis años de preuniversitario. Donde quiera que estén, gracias por todo.

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2 comentarios en “Un viejo polígono de pruebas (III)

  1. Yo

    Q triste, pero muy cierto!!! no lo puedo creer, yo fui una de las privilegiadas pues estudié en la escuela cuando los hijos de papá, por eso me cuesta mucho trabajo entender en q se convirtió esa escuela de ensueños, siento tanta nostalgia, soy de la graduacion V Aniversario!!! cuanto tiempo ha pasado, pero lo q sí está muy claro dentro de mi corazón q fueron los años más felices de mi vida como estudiante, ojalá y no quede nuestra querida escuela en el olvido, sería uno más de los tantos proyectos perdidos!!!!!

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