Diplomacia a toda costa

Vuelve a dejarme perplejo la diplomacia. Muy particularmente, la Alta diplomacia; porque la diplomacia pequeña, chiquitica, que utilizo todos los días a modo de educación formal, me la sé bastante bien. En cambio, hoy son políticos latinoamericanos y caribeños, representantes de elevados intereses, los que me tuestan el cerebro si intento comprender su forma de manejarse. Ya me he quejado por esto: ¿política internacional? No, gracias. Suspendí la asignatura. Llevo un tiempo declarándome incompetente para soltar una opinión sólida cuando el asunto va por ese camino.

Toda esta cantaleta mía gira alrededor de una ajena: la Cumbre de la CELAC en La Habana. Muchos de mis lectores deben estar hasta la cocorotina de oír hablar del evento, pues ha levantado –y a qué volúmenes– las voces de los que están fuera de la cita. Incluso mucho más que las voces de los funcionarios que acudieron a La Habana para hablar de derechos humanos y no sé cuántos productos exóticos más.

Confieso que sumaron algunas las horas que pasé frente al televisor buscando una luz de esperanza en los discursos de los presidentes regionales. Quizá fui ingenuo una vez más, porque casi no tuve suerte. Salvo por excepciones, lo único que conseguí fue fastidiarme un poco con las palabras mustias de no pocos estadistas.

Pienso que la CELAC pudiese ser un instrumento útil hasta cierto grado porque es verdad que, del Río Bravo hasta la Patagonia, tenemos muchos aspectos de similitud que celebrar y que pueden ser utilizados para fomentar un intercambio positivo en aras del desarrollo común. Y esto es así aun cuando me parece tener mucho más que ver en mi idiosincrasia con un ibérico que con un andino. ¡Sin discriminar a nadie, eh! Es cuestión de similitudes culturales, relaciones ancestrales (incluidos los miles de pasaportes comunitarios otorgados también a cubanos en los últimos años) y muchos etcéteras.

En cuanto a Cuba y sus aprendices de caudillos, por ellos la Cumbre perdió lustre. Un enclave de este tipo no debería utilizarse como lanzadera para el viejo discurso antinorteamericano, anticapitalista y antiimperialista. Ese tipo de retórica es contraproducente, primero porque los cubanos sabemos que todo producto con el rótulo “Made in USA” suele ser bueno y por tanto el país que lo produce –hogar de una próspera comunidad de cubanos– también debe serlo; segundo, porque el capitalismo y el imperialismo son dos conceptos básicamente opuestos.

Por eso me gustó especialmente la intervención de Sebastián Piñera (Chile) cuando este repitió una y otra vez, aunque con otras palabras, que no se podía culpar a agentes externos de los problemas propios, y que primero había que poner de parte de uno todo lo que fuera posible. Nada más con eso ya se estaría haciendo bastante o tal vez lo suficiente. Tales declaraciones dieron al traste con los sermones sobre “El Bloqueo Imperialista”, “La cuestión irrenunciable de las Malvinas”, o el espionaje global que practican tantos pero del cual sólo culpan al villano de siempre.

Los discursos de Cuba y su bloque de dictaduras a fuego lento portaban un mensaje básico: déjennos hacer lo que nos dé la gana hacia dentro de nuestros feudos, con nuestros métodos aberrantes. Déjennos, si así lo queremos, gobernar por cincuenta y cinco años más y prohibir la disidencia a empellones. El que no respete eso, entonces es la mancha en la pared, el que no respeta la diversidad, el que se pliega a intereses imperiales divisionistas, el “pesao”, el “asere, qué fula tú eres”, el guari-guari…

Es curioso que uno de los aspectos esenciales que promovió el país sede de la Cumbre fue una declaración de América Latina y el Caribe como zona de paz, así como el respeto a la soberanía de cada nación representada en la reunión. Cuba tiene un historial bastante deplorable en estos aspectos, habiéndose interceptado hace menos de un año en el Canal de Panamá un buque cargado de armas procedentes de la Isla. La presencia de un arsenal en la nave violaba la soberanía del Istmo por mucho. Dado lo secreto de su almacenamiento es obvio que las autoridades cubanas que fletaron el contenido bélico, el cual luego se confirmó se encontraba en pleno estado operacional, lo hicieron a sabiendas de que cometían una falta grave. Igual, cuando Raúl Castro leyó su hipócrita declaración todos los presentes se pusieron de pie y aplaudieron. Es el a veces triste espectáculo de la diplomacia en estas latitudes.

Por desgracia, hay otra muchas cosas de las que hablar o malhablar acerca de la Cumbre de la CELAC y de lo que dijo este o aquel mandatario. No me alcanza con un solo post para tirarle tomates a una banda tan nutrida de farsantes.

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