La Habana de nadie

Vivo en una ciudad peligrosa.

No lo es sólo por la agresividad de la gente, que con su miedo o su ignorancia marcan el actuar y el expresarse; o por lo oscuro de su noche y el abrigo que brinda a sus hijos de más baja ralea para que procreen entre pecados y miserias.

No es eso nada más: sus calles también agreden con el ruido, la peste, el calor. La Habana es como una gran y asquerosa sopa hirviente cuyo sabor puede llegar a asimilarse con afecto a golpe de cucharadas a mano armada. Los habaneros sufren del Síndrome de Estocolmo y al final siempre ayudan a salirse con la suya a una ciudad que los mantiene como rehenes de la decadencia.

Escombros, basura, oscuros charcos de profundidad traicionera, un edificio a medio construir y otros mil a medio destruir. Cada portal sugiere un urinario; cada escalera, una posada. La ciudad-arrabal, surcada por calzadas que gritan de dolor, con heridas siempre abiertas por los zarpazos del tiempo que no descansa. La ciudad-cárcel, enrejada a más no poder, cuidándose de sí misma. Todo está pintado con algún tono del gris con que el olvido lo pinta todo.

Vivo en un lugar en donde la vulgaridad y la resignación se ceban. Todos los días existe el riesgo de ser devorado por el monstruo de la desesperanza.

La Habana vende su pobreza como souvenir, lo exótico de una reina tropical devenida la más barata prostituta. Ella dejará que fotografíen sus paredes desnudas a cambio de muy poco, abrirá sus puertas y sus piernas al visitante sólo para intentar quedarse más vacía de lo que ya está. La ciudad que antes despertara codicia, hoy por hoy lo más noble que provoca es lástima y lo más insano no sabría decir si es el morbo o la indiferencia.

Camino mirando hacia arriba, evitando los techos que parecen colgar de las telarañas y que en cualquier momento pueden venirse abajo. Camino mirando hacia abajo, esquivando los huecos y la mierda de perro.

Mi ciudad amanece bombardeada todas las mañanas y, sin embargo, no he escuchado ruido alguno durante mi sueño. Un día después de otro supone al menos 365 grandes retos al año.

Y lo peor de todo no sé si es que estamos tremendamente solos. ¿Quién dará algo por La Habana? ¿Quiénes serán los que construyan la Ciudad Nueva? ¿Será necesaria la ira de Dios y que nos volvamos sal cada vez que la nostalgia gane la partida?

La Habana es una ciudad peligrosa.

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Un comentario en “La Habana de nadie

  1. Andres Moran

    Que triste, pero es la realidad. Si no le es molestia, pongo su escrito en mi pagina de Facebook dando su credito, como es merecido. Muchas gracias.

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