Recuerdos de mi previa

Parte III: Ni un centavo por mí

Compañero teniente coronel: el batallón se encuentra formado, listo para continuar cumpliendo con las actividades previstas para el horario del día.”

Frase obligada de la revista militar matutina

El amanecer más bonito que he visto lo presencié durante mi previa. En el cielo se distinguió una luz verde que duró poco más que un flashazo, dando paso a un azul muy tenue, casi gris, con algunas estrellas aún detrás. La oscuridad que poco a poco se evaporaba dejaba ver un manto de rocío cubriendo a la hierba aún dormida. La neblina, retrocediendo sin prisa hacia la manigua, alternaba pedazos descubiertos y otros tapados por la bruma. El horizonte parecía cercano. Luego el sol, anunciándose allá a lo lejos bajo unas nubes doradas y en las gotas sobre el campo, salía. Mi sombra se proyectaba larga sobre el asfalto, y este me recordaba entonces mi lugar sobre la tierra: otro día más en la unidad militar. Fin del espectáculo.

Agosto se consolidaba. Habían movilizado a qué se yo cuántos reservistas y los habían mandado para el monte. Desde dentro del ejército, parecía que una guerra venía. Los jefes nos querían hacer creer que las bombas no tardarían en caer.

Desde la misma noche del 31 de julio, el clima se enrareció drásticamente. Lo primero que yo hice fue llamar preocupado a mamá: “Nah, todo está tranquilo. No pasa nada”, me dijo ella. La histeria, obviamente, era sólo de mis jefes. Ahora que lo miro en perspectiva, me doy cuenta del tremendo miedo que tienen muchos a que se les acabe la fiesta, o que un día se despierten y el mundo ya no sea en blanco y negro. Sus juicios monocromáticos no podrían lidiar con una realidad tan compleja.

Movilizaron a muchos hombres. La llegada de los miles de la reserva supuso un lío tremendo con la logística. La comida se acabó. Cuando comenzaba el día, a “los previanos” nos llevaban para el comedor y nos daban un desayuno que consistía en un brebaje indescifrable y un huevo hervido. El pan era una rareza. Luego nos llevarían para un descampado donde pasaríamos el día entero pastando, rumiando nuestro aburrimiento. No comeríamos nada más hasta por la noche.

La falta de alimento obligaba a que no entrenáramos en lo absoluto. Creo que nos hubiesen reventado. Sólo nos quedábamos vagando por ahí, matando el tiempo, esperando a que el día acabase para hacer otra marquita debajo de la gorra y elucubrar cuándo íbamos a regresar a casa. Un día pasé catorce horas sin comer. Esa condición, sumada las diarreas que todos sufríamos y al sol que nos despellejaba hasta las orejas, nos había dejado tan demacrados que nadie hubiese dado un centavo por nosotros.

Durante las visitas de los domingos era incapaz de comerme el banquete que traía mi familia. De pronto toda aquella abundancia me fatigaba. Imposible: eran cuatro horas a la semana en que intentaba rellenar un vacío demasiado grande. Cuando acabó aquella temporada y regresé a mi hogar, nunca antes me había parecido tan acogedor mi cuarto. Por suerte, el resto del Servicio Militar lo pasé yendo a casa todos los días, trabajando de matador de larvas de mosquito. Héroe sanitario yo.

¿Qué fue lo que aprendí en la previa, entonces? A tener mucha, mucha paciencia. Pero quizá ni siquiera eso lo aprendí del todo bien.

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Un comentario en “Recuerdos de mi previa

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