Después del show

La escena estaba montada desde hacía meses y el teatro, este viernes, lleno a más no poder. Con el Air Force One descansando sobre la pista de Miami y el presidente de la nación camino a la Pequeña Habana, nada, ni siquiera el agua anunciada podría cancelar la que se había armado.

Tampoco lo haría el horrible calor del minúsculo auditorio, que no estaba preparado para tamaña multitud. “Debe haber como 110 grados aquí”, diría luego un Donald Trump demasiado dado a las quejas típicas de los abuelos de su edad.

Como dueño al fin de reality shows, del premio Miss Universo y algunas perlas de la peor televisión de haya conocido el mundo libre —campaña presidencial incluida—, Trump juega en su terreno cuando de crear ansiedad se trata. Durante toda la semana, la Casa Blanca había estado dejando chorrearse la información: vamos a suspender los negocios con los militares cubanos y vamos a pedirle a cada estadounidense que viaje a Cuba el comprobante de cuanto cucurucho de maní consuma allí.

¿Y qué más? ¿Qué más? Algunos ya ni cabían en sus asientos. Era el clímax de una telenovela. Gracias a los pedazos de cake que se habían estado repartiendo ya conocían el sabor y cuál sería el desenlace, pero había que empalagarse una vez más. Por lo menos había que aparentar, después de tanta expectativa, que se conformaban con lo poco que se les había concedido .

Como quiera había que meter las cosas en cintura. Barack Hussein (en este caso lo habitual es hacer hincapié en su segundo nombre, con un toque de racismo) Obama osó regalar Miami, la Florida y casi que Estados Unidos completo a la “cruel dinastía de los hermanos Castro”. Quien dirigiera el imperio más poderoso que la historia humana haya conocido se había “vendido” a un puñado de vejetes que ya no aguantan ni el peso de la calamina en sus descoloridas medallas, y cuyo mayor logro es conservar todavía un pie fuera del cementerio. Obama el flojo, el demonio, el guari-guari. O peor, el “dialoguero”.

Así que Trump venía a arreglar las cosas. Y para todos los efectos de la apariencia, lo logró. El actual presidente podrá haber dejado la política de su predecesor casi intacta, pero dio a la parte más olvidada del “exilio histórico” —y este viernes más histérico que hacía muchos años—, así como a varios opositores cubanos sin mucho más quórum en la Isla que sus vigilantes de la Seguridad del Estado, la dicha de que se les prestara atención al menos durante cinco minutos de su vida. Cinco minutos era lo que queríamos, San Trump, y nos los diste tan generosamente… ¡Con lo que nos gustan las candilejas, los flashazos y que nos digan lo que esperamos oír!

Como prueba de esa voluntad tremenda del presidente que fabricará una “America Great Again” —y ya parece de paso una “Cuba Great Again”—, una firma suya quedó estampada en una directiva, y su rostro dentro de una foto rodeado de sonrisas de quienes ya no ocupaban portadas hacía mucho tiempo. Fue un momento político de manual. Como observara la sabiduría de quicio de cualquier barrio habanero: to’l mundo se cogió pa’ eso durísimo.

Tanto en Miami como en La Habana se asistía desde principios de año a un desempolvamiento masivo de discursos viejos al más puro estilo del castrismo. Que estornude al que le pique la nariz, y si no se está tranquilo que se vaya de vuelta a Cuba. Dicen que los extremos se tocan, y parece que es cierto.

En la concreta, el deshielo que comenzó Obama no se ha revertido, sino que ahora quizá se ha desacelerado. Digo “quizá” porque aún dudo mucho que la política del acercamiento en estos últimos dos años y medio diera lugar a esos abundantes negocios entre Estados Unidos y los militares cubanos de los que tanto hablan sus detractores y que ya, gracias a Súper Trump, se acabarán de golpe y porrazo. ¿Toma eso, Raúl? ¿Ya no será tu proverbial ineptitud y la certeza de que te queda poco quienes sigan acabando con tu propio sistema?

Todavía me sigo preguntando dónde están las concesiones. ¿Qué le “regaló” en realidad la administración Obama al régimen cubano? Vale, digamos que mucho, pero solo para llegar a un acuerdo previo a mis próximas dos preguntas: ¿Qué está echando para atrás Trump? ¿Mucho también?

A todas estas, además, mientras los legisladores aprovechaban su momento ante las cámaras para hacer campaña, mientras el presidente de una democracia hacía sus muecas de tuitero trasnochador y nombraba a disidentes cubanos que memorizó solo durante el final de su viaje al escenario, y mientras las imágenes del dolor y el fracaso de una nación volvían a ser utilizadas en nombre del pasado, los cubanos en la Isla, aquellos a quienes nadie ha preguntado nada, se cagaban olímpicamente en la noticia. Seguían tratando de resolver su supervivencia en medio de dificultades que ningún político cubanoamericano puede siquiera imaginar o prefiere no perder mucho tiempo en hacerlo; a fin de cuentas, sus votantes son más estadounidenses que otra cosa.

El teatro se vacía más rápido de lo que se llenó, el presidente agarra su comitiva y se marcha lejos, opositores y exiliados convocan a una conferencia de prensa por donde no asoma ninguno de los políticos con los que se retrataran antes. Y más retórica. Siempre la retórica, mientras la política real se sigue cocinando donde no dé el tufo.

Nada mejor que una noche de viernes en Miami para olvidar una semana asfixiante y fiestear como si no hubiese un mañana. El lunes ya todos nos hemos olvidado de todo y volvemos al trabajo, porque con o sin Trump —u Obama— hay que seguir pagando facturas y soñando cada cual por su cuenta.

En Cuba, por un instante, se estuvo mejor: allí nunca se enteraron de lo que pasaba, y los que podían hacerlo se hallaban demasiado metidos en saber los números ganadores de la noche anterior. “Mira, Yordanka de la Caridad, no nos sacamos nada hoy tampoco”.

West Palm Beach, junio de 2017