¡Inflen, inflen ese globo!

Tomado de remigiosol.wordpress.com
Tomado de remigiosol.wordpress.com

No hace falta ir a la escuela para comenzar a aprender física. Las reglas naturales del mundo nos son reveladas desde que somos muy pequeños, y he aquí una que intuimos pronto: cualquier globo tiene una capacidad limitada de aire, de manera que mientras más se infle, mayor es el peligro de que explote. Y mientras más grande el balón, mayor será el estruendo. Aún no lo hemos leído en ningún libro, cuando ya sabemos que esto es completamente cierto.

No se requiere un sólido basamento estadístico para demostrarlo. Después de todo, también las manzanas caen de los árboles sin importar que Newton haya estado debajo para interesarse en tal cosa. Con esa misma espontaneidad los globos revientan. Y Punto.

Durante mi niñez más temprana, en la primera mitad de los 90’, recuerdo que los globos eran productos exóticos: un trofeo de algún cumpleaños al que nos hubiesen invitado; un juguete que duraría poco, bien porque se pinchara o porque se desinflara. Pero no había nada más traumático que aquel artefacto estallando en nuestras propias narices mientras lo inflábamos. Tal episodio era fatídico por lo ruidoso y lo inesperado, además de lo frustrante de haberse quedado sin globo propio porque, repito, eran difíciles de encontrar. Había incluso quien los guardaba para el festejo siguiente.

En los próximos meses, posiblemente el pueblo cubano esté asistiendo al mayor inflado colectivo en décadas. A diferencia de muchos otros que le precedieron, este globo sí es grande y colorido. No lo repartió el gobierno en forma de quimérico plan de producción u ofensiva con nombre de guerra –esos globos oficiales son feos, además de que vienen ya ponchados–, sino que nos lo mandó nuestra familia del “Yuma”, al igual que muchos globos de las fiestas de mi niñez.

Eso es hoy el acercamiento entre Cuba y EE.UU. Un globo. Pero calificarlo así no significa que me oponga a él ni que seguramente quedará como eso nada más. Si en un principio no quería el levantamiento de sanciones al gobierno cubano sin buscar avances del lado de acá, creo que el nuevo escenario es una sacudida necesaria.

Ahora, además, me divierto contemplando cómo ese niño que lleva dentro el pueblo cubano mete aire, alegre e indiscriminadamente, a la ilusión de mejorar su vida sin que la tiranía renuncie a sus prerrogativas. Suena cruel, pero hace falta aprender de una vez por todas, entre otras cosas las leyes no escritas de la física.

Los dirigentes-papás miran preocupados al nene. Lo regañan e intentan detenerle porque saben lo que pasará si ese globo revienta: habrá susto, llanto y una frustración directamente proporcional –esta frase sí la saqué de algún libro de texto– al tamaño de la ilusión perdida. No habrá consuelo entonces para el pueblo-niño y quizá, quién sabe, hasta se termine la fiesta.

Por las dudas…

Lo confieso: me he vuelto un asistente habitual de Último Jueves, el evento que organiza la revista Temas. Si bien inicialmente rechacé aquellos encuentros, reconozco que de vez en cuando ciertas intervenciones me sorprenden.

Así ocurrió en el evento del jueves pasado, cuando una delegada del Poder Popular hizo cuestionamientos, a mi entender bastante poco usuales, desde el público. Redacté un artículo para 14ymedio acerca del acontecimiento.

Como ya se va haciendo usual también, alguien de la revista Temas tuvo la gentileza de entrar a 14ymedio y consultar mi artículo. Al leerlo, rápidamente me señalaron un error en mi cita a la delegada, justo al final de mi reportaje. Así lo hicieron saber en su cuenta de twitter. Yo se los agradezco y explico: en mi afán por editar su discurso, tal parece que la representante -o ex representante- del Poder Popular dice una frase muy corta que en realidad obvia mucho contenido.

Al redactar de esa forma, no intenté tergiversar las palabras de ella y creo que no lo hice. Pero, por las dudas, revisé la grabación y me dediqué a transcribir la parte de su larga intervención de la que saqué la consabida frase final en mi artículo. A continuación, por las dudas también para mis lectores, transcribo las palabras de Tania María Jiménez, la señora en cuestión:

“Somos (pausa) un país (pausa) muy lindo, pero que venimos del socialismo real, que es el socialismo autoritario, por tanto tenemos mucho de autoritario en nuestra sociedad. Y para vencer esa autoridad y ese autoritarismo real, tenemos que cambiar nuestra gran mentalidad… ¡pero a todos los niveles! Inclusive los que dicen que hay que ‘cambiar la mentalidad’, para que seamos más participativos todos, y entre todos podamos seguir construyendo este bello socialismo.

Soy delegada del Poder Popular… por supuesto. Dos mandatos, no cinco. Porque el Poder Popular es un desastre. ¡Y yo no estoy loca: que es un desastre! Y en el Poder Popular hay mucha mentira. Yo no estoy donde hay tanta mentira. Porque no debe ser, porque nos estamos engañando nosotros mismos. (pausa) Por eso no va la gente a la asamblea de rendición de cuenta. (pausa) Entonces, tenemos un grave problema en nuestra sociedad: los que la queremos salvar, los que queremos esta Cuba linda, y los que queremos esta… patria… no queremos seguir de la misma forma.”

 

La mentira en Cuba, y mi verdad sobre ella

Aquí la nota que mandé esta mañana a la revista informativa Buenos Días. Dicho espacio presenta los lunes una sección llamada Con sentido propio, conducida por el joven periodista Lázaro Manuel Alonso.El tema de hoy era sobre la mentira, y su impacto o su percepción en la sociedad cubana. Como es habitual, aparecieron varios reportajes con entrevistas realizadas en el Vedado habanero.

También pusieron un número de teléfono en pantalla, así como una dirección de correo electrónico (consentidopropio@ntv.icrt.cu), a donde mandé el texto que publico a continuación. Aún no recibo respuesta y quizá muchos piensen que fue en vano el intento, pero no podía quedarme callado. Por la prisa con que fue escrita, mi carta no tiene un estilo muy acabado, pero aquí les va:

Texto íntegro que mandé a la revista matutina televisiva Buenos Días:

La mentira forma parte de la naturaleza humana. En el caso de Cuba, forma parte además de la idiosincrasia.

Desde niños, somos obligados a mentir. ¿Cuántas veces no grité en la primaria ‘seremos como el Che’ cuando, en verdad, en casa no me enseñaron a quererlo y, de hecho, lo detesto? Por suerte para mí, aprendí a ser sincero en ese como en muchos sentidos, sin importarme las consecuencias de mis ideas expresadas libremente, que no obstante me han traído problemas en este intolerante país. No ha pasado así con la mayoría de la gente que conozco y tiene opiniones ‘incómodas’. Porque entre las causas de la mentira en Cuba están la falta de libertad y la tiranía impuesta por los principales mentirosos de la nación; aquellos que dijeron en principio que la Revolución no sería comunista y luego lo fue, que entonces acabaron con el sector privado -grandes y pequeños propietarios- pero hoy se apoyan en él para ocultar el fracaso de sus fantasías totalitarias. Son los pricipales mentirosos, porque cambian de casaca según les convenga.

Por otra parte, ¿cómo no ser mentirosos, si en el propio noticiero de ustedes tal parece que hablan de una Cuba que no existe, o si los temas trascendentales son tratados de forma tan superficial? ¿Qué país tan ‘maravilloso’ es ese que ponen en las pantallas? Cuando ESE es nuestro sistema informativo, ¿qué honestidad o transparencia le vamos a pedir a los ciudadanos?

El problema de la mentira en Cuba es que durante demasiado tiempo a la gente se le ha obligado a creer en una sola verdad. O se le ha obligado a no cuestionársela en público. Los debates necesarios en la vida de la nación no pueden limitarse a los estrechos marcos que permiten las autoridades. Pero las verdades absolutas no existen, así que la mentira viene sustentada por el sistema, promovida por éste. No se puede ser dirigente comunista y vivir como un gran burgués, esperando además erigirse en paradigma de la honestidad. ¿’No mentir jamás ni violar principios éticos’? ¡Claro, muy buen chiste!

¿Y qué es lo peor? Que tal parece que no tenemos remedio a corto o mediano plazo. La mentira seguirá, y lo más posible es que este mensaje constituya una tremenda pérdida de tiempo, pues quienes piensan como yo solemos no tener derecho a opinar en los espacios propiedad del Estado: esos espacios prefieren lo que suene ‘bonito’, aunque sea mentira.

Víctor Ariel González, ingeniero civil y reportero independiente

Elucubrando con el Hombre Nuevo

Apuntes para La Otra Historia de Cuba

El Hombre Nuevo era un animalito que vivió en Cuba durante el período paleo-revolucionario. Fue descrito primero por Ernesto Guevara, a quien lo único que le faltó en vida quizá fue hacerse pasar por naturalista, y que durante sus estudios inclusive trató de imitar los hábitos hombrenuevenses.

Esta especie sucumbió a depredadores más adaptables al entorno. La base para dicha teoría es que la cadena alimenticia establecida luego del Gran Cataclismo Revolucionario Cubano en realidad no recompensaba la honestidad ni el trabajo duro para los que el Hombre Nuevo estaba diseñado, sino que premiaba exclusivamente la doble moral y el pillaje.

Restos fósiles han permitido describir esta especie, de aspecto humanoide y costumbres sencillas. Por ejemplo, se sabe que era buena para obedecer órdenes, pero en ese sentido también presentaba serias limitaciones porque a veces se cuestionaba los mandatos. Se presume que esto también contribuyó a su temprana desaparición. El análisis de los datos compilados hasta hoy arroja que los individuos de este grupo padecían de exceso de romanticismo y de entusiasmo, síndromes que pueden haber generado desde malformaciones fisiológicas hasta desórdenes de conducta.

Algunos científicos han tratado de (re)producirlos mediante clonación, pero los resultados son escasos. En los especímenes obtenidos la manifestación de genes de Hombre Nuevo no es evidente. Varios grupos de activistas consideran aberrante esta práctica y abogan por el cese de los experimentos, argumentando que el procedimiento no es ético.

Los continuos fracasos de esos intentos de ingeniería ideológica se deben, según ciertos estudiosos del tema, a que en el período paleo-revolucionario el aire que se respiraba era distinto, abundante en sustancias alucinógenas. Así lo sugieren el imaginario y la masividad datadas en aquel entonces, cuyas trazas todavía se pueden observar en restos arqueológicos. Partiendo de este punto, dicho sector de estudiosos sostiene que en la actualidad es imposible conseguir un Hombre Nuevo viable.

No faltan los sensacionalistas que ven a este ser como un visitante de otro mundo. Su propuesta concreta es que se trata de extraterrestres que, o bien se mezclaron con los cubanos, o bien recogieron y se largaron, o bien se encuentran recluidos en Punto Cero, cotos de caza o cayos privados que no aparecen en ningún mapa.

Por otra parte está el culto conocido como “Revolución Cubana”, con su pequeña pero poderosa secta de sacerdotes. En sus textos sagrados se habla del Hombre Nuevo como un ente sobrehumano y ejemplar que expió todos los pecados totalitarios por los siglos de los siglos. Pero los detractores de esta tendencia afirman que sólo se trata de un mito muy útil para incentivar el “turismo progre”.

Volviendo a los investigadores serios, parte de ellos ubica al Hombre Nuevo como una especie invasora, introducida en Cuba por traficantes que intentaron adaptarla a nuestro clima. La empresa habría sido en vano, como demuestran los hechos, y además supuso una alteración tal del equilibrio ecológico, que aún hoy sufrimos sus consecuencias.

Hasta ahora la opción más audaz es recrear el ambiente paleo-revolucionario en un espacio reducido; una simulación parecida a la de un zoológico social. Sólo de esa forma el Hombre Nuevo sería observable por las generaciones futuras, y quizás entonces se tornaría demasiado evidente el por qué aquel ser extraño de un pasado remoto estaba destinado a desaparecer.

Sentirse importante

Llamar la atención de grandes medios como el New York Times (NYT) representa todo un logro. Que un ícono de la prensa de un país con gran tradición en el oficio dedique tres editoriales en un solo mes a mi pequeña nación constituye casi un milagro.

Para algunos norteamericanos, no lo dudo, es como si Cuba hubiese emergido del azul del caribe y de pronto estuviese allí, con sus playas y su gente ruidosa y afable, su refrescante daiquirí a 6CUC en el Floridita y sus mujeres baratas y bellas. Un paraíso para el turismo que busca ciertos productos exóticos. Lo cierto es que desde el caso Elián González no se le dedicaba tanto tiempo a “una pequeña isla comunista dirigida por el dictador Fidel Castro”, como la llamaron alguna vez en la serie South Park.

¿Qué es Cuba? Seriamente, nada. En territorio bastante poco, en economía un patético circo, en población cada vez menos. Incluso, ahora que lo pienso, creo recordar que al venir llegando en avión y vislumbrar La Habana, ésta se me antojaba borrosa como un espejismo aun con cielo despejado. Luego mi país aparecía de la nada.

Hace años escuché un cuento que me convenció todavía más de este olvido, al que Cuba se precipitó cuando los hielos de la Guerra Fría se derritieron más que nunca: Un amigo de un amigo viajaba a Puerto Rico y allí conocía a un marine. Conversaba un poco con el hombre y le preguntaba sobre la posibilidad de que EE.UU. invadiera Cuba –ese temor que el régimen siempre ha querido meterle en la cabeza a la gente–. El militar norteamericano, hablando en inglés, le respondía algo que traducido al cubano quedaría como “¡Ni’jo, no!”.

¡Porque no somos nada! Solo que nos encanta el estrellato, y las páginas del NYT han venido a satisfacer esa necesidad de protagonismo que hacía rato no tenían nuestros grises dirigentes. Los editoriales del neoyorquino también han resuelto el problema de la cuota informativa que la prensa local nos trae a diario: muchos cubanos leen algo del Times por primera vez porque ahora eso es lo que hay, lo que vino, lo que toca.

Por eso, llamar la atención de grandes medios como ése representa todo un logro, sí. ¿Pero un logro para quién? Creo que eso merece otro post.

Como además no creo en milagros, recelo tanto de las intenciones del NYT y de toda esta vorágine del acercamiento, justificada fundamentalmente en que el gobierno cubano ha derogado prohibiciones a su pueblo que jamás debieron existir en primer lugar. Lo otro, dice el Times, es que el embargo sirve como una justificación para la tiranía. No señor: uno de los discursos más cultivados de la dinastía Castro es el de la apologética, toda una máquina de inventarse justificaciones, algunas más cínicas que otras para mantenerle la cabeza pisada a la gente.

Este asunto de sentirme importante me ha dejado, por desgracia, más preguntas que respuestas. ¿Publicaría el Times las fotos mostrando la represión a disidentes de un sistema con el que las relaciones son “normales”? ¿Continuaríamos siendo tan importantes para ellos?

Gracias, Rafa

A Rafael Hernández, director de la revista Temas

Debe ser porque, como escribe mi amigo el Rafa, soy un ignorante: resulta que las frases en latín me caen –para no decirlo en el más vulgar castellano– como una coz en las gónadas. Por eso el Rafa me dejó bota’o no más leer la primera oración de un trabajo suyo que salió por estos días en el blog Catalejo, en donde evalúa mi labor como periodista.

La calificación que el profe me dio no fue nada buena. Aparentemente se había insultado mucho con una nota que saqué, previa a la presentación del número 78 de la revista Temas que él dirige. En la susodicha nota, anuncié el evento e hice como el capitán araña: medio que invité a asistir, aunque yo no fuera a estar. De paso aproveché mi artículo para hablar un poco lo que pienso, con palabras propias y sin ningún tipo de condicionamiento externo, sobre Temas.

No necesito ir a una presentación de estas presentaciones para saber que me voy a aburrir. Mi experiencia como oyente en uno de los “debates” de Último Jueves (el que se hizo sobre Estado de Derecho en Cuba), que organiza el Rafa, me predispuso sobremanera respecto al ambiente que se respira en estos encuentros. ¿Cuándo no se quedarán con la última palabra los panelistas que hoy moderan esos “debates”? ¿Cuándo no se tratará de arreglar lo que no tiene remedio y sí de aceptar verdaderamente la diferencia de opinión y la libertad para expresarla, sin que ello tenga que relacionarse con algún tipo de interés foráneo? Estas dos preguntas tienen que ver con lo que vi allí.

Yo no soy periodista profesional, eso está claro. Lo que no quiere decir que pretenda compararme con los que saben de verdad el oficio, a quienes trato de imitar. Yo escribo y punto. A veces lo hago a ciegas y por supuesto que descuidando los formalismos. Eso sí, Rafa, tengo una capacidad envidiable para aprender y casi ninguna modestia para admitirlo.

Temo las consecuencias que podrían traerme mis escritos –amenazas, golpizas, cárcel y otras lindezas del régimen cubano, que sus opositores deben sufrir de vez en cuando–, pero estaría dispuesto a reconocer todas y cada una de mis palabras. Por esa parte, me siento libre. Nadie me obliga a expresar lo que pienso y nadie me limita, y como además tengo cierta tendencia a narrar parte de la vida diaria de este, nuestro país, es que me considero periodista independiente. Más periodista quizá que cualquier vocero de un sistema político cada vez más alejado de las necesidades y los sueños de la nación cubana.

De todas formas, Rafa, te agradezco el amago de tirarme de las orejas. Mi nota fue publicada en 14ymedio hace muchísimos días, pero dicen que más vale tarde que nunca. Y viniendo de ti, un intelectual reconocido, director de una de las publicaciones menos intragables que circulan en este país, es todo un elogio. Tu escrito también nos sirvió para enterarnos de que lees 14ymedio. ¿Tienes internet sin limitaciones, o el sitio vino en el último “paquete” que copiaste?

Para devolverte el favor, prometo estar presente en el próximo Último Jueves, no sea que digan después que no puedo hablar porque no estuve allí. Hasta entonces

El Bastardo

Recuerdos de mi previa

Parte III: Ni un centavo por mí

Compañero teniente coronel: el batallón se encuentra formado, listo para continuar cumpliendo con las actividades previstas para el horario del día.”

Frase obligada de la revista militar matutina

El amanecer más bonito que he visto lo presencié durante mi previa. En el cielo se distinguió una luz verde que duró poco más que un flashazo, dando paso a un azul muy tenue, casi gris, con algunas estrellas aún detrás. La oscuridad que poco a poco se evaporaba dejaba ver un manto de rocío cubriendo a la hierba aún dormida. La neblina, retrocediendo sin prisa hacia la manigua, alternaba pedazos descubiertos y otros tapados por la bruma. El horizonte parecía cercano. Luego el sol, anunciándose allá a lo lejos bajo unas nubes doradas y en las gotas sobre el campo, salía. Mi sombra se proyectaba larga sobre el asfalto, y este me recordaba entonces mi lugar sobre la tierra: otro día más en la unidad militar. Fin del espectáculo.

Agosto se consolidaba. Habían movilizado a qué se yo cuántos reservistas y los habían mandado para el monte. Desde dentro del ejército, parecía que una guerra venía. Los jefes nos querían hacer creer que las bombas no tardarían en caer.

Desde la misma noche del 31 de julio, el clima se enrareció drásticamente. Lo primero que yo hice fue llamar preocupado a mamá: “Nah, todo está tranquilo. No pasa nada”, me dijo ella. La histeria, obviamente, era sólo de mis jefes. Ahora que lo miro en perspectiva, me doy cuenta del tremendo miedo que tienen muchos a que se les acabe la fiesta, o que un día se despierten y el mundo ya no sea en blanco y negro. Sus juicios monocromáticos no podrían lidiar con una realidad tan compleja.

Movilizaron a muchos hombres. La llegada de los miles de la reserva supuso un lío tremendo con la logística. La comida se acabó. Cuando comenzaba el día, a “los previanos” nos llevaban para el comedor y nos daban un desayuno que consistía en un brebaje indescifrable y un huevo hervido. El pan era una rareza. Luego nos llevarían para un descampado donde pasaríamos el día entero pastando, rumiando nuestro aburrimiento. No comeríamos nada más hasta por la noche.

La falta de alimento obligaba a que no entrenáramos en lo absoluto. Creo que nos hubiesen reventado. Sólo nos quedábamos vagando por ahí, matando el tiempo, esperando a que el día acabase para hacer otra marquita debajo de la gorra y elucubrar cuándo íbamos a regresar a casa. Un día pasé catorce horas sin comer. Esa condición, sumada las diarreas que todos sufríamos y al sol que nos despellejaba hasta las orejas, nos había dejado tan demacrados que nadie hubiese dado un centavo por nosotros.

Durante las visitas de los domingos era incapaz de comerme el banquete que traía mi familia. De pronto toda aquella abundancia me fatigaba. Imposible: eran cuatro horas a la semana en que intentaba rellenar un vacío demasiado grande. Cuando acabó aquella temporada y regresé a mi hogar, nunca antes me había parecido tan acogedor mi cuarto. Por suerte, el resto del Servicio Militar lo pasé yendo a casa todos los días, trabajando de matador de larvas de mosquito. Héroe sanitario yo.

¿Qué fue lo que aprendí en la previa, entonces? A tener mucha, mucha paciencia. Pero quizá ni siquiera eso lo aprendí del todo bien.