La comparsa del ridículo

El equipo de los "Tigres" en acto de repudio, hoy (Foto: Ricardo López Hevia/Granma)
El equipo de los “Tigres” en acto de repudio, hoy (Foto: Ricardo López Hevia/Granma)

Si estaban quedándose en la misma habitación, Yulieski y Lourdes Gourriel se habrán mirado como se miran los hermanos que, cuando niños, va a hacer alguna travesura. “Vamos”, dijo el menor, menos prudente. El otro lo habrá detenido, para protegerlo, y se asomó él primero al pasillo, no fuera cosa que el seguroso estuviese cerca.

La vía está libre. “Vamos”, responde entonces Yulieski casi que en un susurro. Caminan como para que nadie les escuche y bajan las escaleras. Caminan. En algún momento aparece el seguroso pero ya es tarde, todo está cuadrado. Basta un forcejeo, un tirón para separarse y seguir andando. Adiós, Cuba, mi amor. Lo siento, pero ya no puedo con esto. Me piro.

Así me gusta imaginarme que se largaron, la madrugada de este lunes, el mayor* y el menor del trío de hermanos espirituanos que llegaba hace poco a La Habana, a calzar las medias de Industriales. Y me gusta imaginármelo una y otra vez, porque siempre me alegra que la gente con talento se vaya de un lugar donde los sueños no vuelan nada alto.

Ah, y la pataleta que le sigue a este tipo de hechos. Me encanta la pataleta marxista, leninista y fidelista que viene después del chirrido de gomas de la camioneta en que se emprende la huida. Detrás sólo se deja humo y una sensación quizá de complicidad y alegría disfrazada bajo el “rechazo”. Rechazo que nadie siente, pero viene por decreto desde La Habana. El protocolo ya está escrito y de alguna manera ensayado.

Luego le toca al ridículo puro y duro: Como si no fuera suficiente el ser vapuleado en la Serie del Caribe, a los “traidores” el equipo de los “Tigres” de “Ciego de Ávila” hace un acto de repudio vergonzante, sobre el cual se cierne una nube de desconfianza totalmente fundada porque todos, absolutamente todos bajo ella saben que al menos uno de los que hoy “rechaza” la escapada de los Gourriel el año que viene seguirá el mismo camino.

Pero el “béisbol revolucionario”, la “pelota libre”, últimamente solo sabe hacer eso: el ridículo. Así que todos ellos tienen práctica.

La versión oficial: “En horas de la madrugada de hoy se produjo el abandono del hotel donde se encontraba el equipo cubano de béisbol que asistió a la edición 58 de la Serie del Caribe de Béisbol, en la República Dominicana, de los peloteros Yuliesky y Lourdes Gurriel Castillo, en franca actitud de entrega a los mercaderes del béisbol rentado y profesional”, dice el diario Granma.

Gozo.

“Este hecho fue inmediatamente rechazado por los integrantes de la selección cubana, quienes emitieron una declaración”, concluye el periódico de los ridículos, y ahora sí me retuerzo del dolor. Hace rato que no me río tanto. Yulieski y Lourdes han dado el último espectáculo para un país que huye. Sin dudas, siguen siendo héroes populares.

 

Miami, Estados Unidos

*FE DE ERRATAS:

Yulieski no es el mayor del trío de hermanos Gourriel, sino Yunieski.

Llegamos

El Aeropueto Internacional de Miami es mucho más de lo que se ve en esta foto. Para mí fue la puerta de entrada a EE.UU. (imagen tomada de en.wikipedia.org)
El Aeropueto Internacional de Miami es mucho más de lo que se ve en esta foto. Para mí fue la puerta de entrada a EE.UU. (imagen tomada de en.wikipedia.org)

“Bienvenido al Sueño Americano”, me dijo Esteban mientras se levantaba y salía al pasillo del pequeño avión que nos trajo a Estados Unidos. A él de vuelta y a mí por primera vez.

Nuestra pequeña conversación había comenzado con un malentendido por el asiento –culpable yo, que había leído mal las indicaciones– y luego se había ido transformando en una charla muy amena de la que quizá no recuerde nada por haberlo incorporado todo. Ya no sé. Tantas cosas he tenido que aprender en tan poco tiempo que uno casi ni se da cuenta de que está aprendiendo.

Nos habíamos demorado en salir de La Habana. Algún pasajero tenía un problema con los papeles, aunque ya lo habían dejado montarse. No dejaban despegar y acabarnos de ir, y yo mirando por la ventanilla cómo un carro de inmigración iba y venía allá afuera mientras los oficiales del aeropuerto entraban y salían de la cabina.

Con un salto en el estómago por el temor a una complicación de última hora, sujetaba la bolsa blanca y azul con todos los documentos de mi vida: todos mis “yo” estaban en ese avión. El real y ese otro que consta en los papeles: mi pasaporte, mi visa adosada al misterioso sobre amarillo y el comprobante de mi boleto de sólo ida.

Pero finalmente nos dejaron marchar. Dimos un largo paseo por las pistas del aeropuerto hasta que nos pusimos en la punta para despegar. Ya para ese entonces Esteban, claustrofóbico confeso, me había contado la mitad de su vida y dado tres o cuatro consejos, cada uno con incisos.

La Habana comenzó a hacerse pequeña a medida que ascendíamos. Tantas veces vi aviones volando sobre la ciudad y era yo ahora quien miraba la ciudad desde un avión. Veintisiete años y me asomaba con ojos de niño a lo que hasta ese entonces era casi todo el mundo conocido. Ni lloré, ni me emocioné, ni nada. No me despedí tampoco. Por algún punto entre Cojímar y Bacuranao finalmente empezamos a volar con el Estrecho de la Florida debajo.

Si alguien pensó que era un chiste el que durante el vuelo te traen un vaso de refresco y no te da tiempo a tomarlo, pues no es mentira. A los quince minutos de haber dejado atrás a mi país aparecieron los primeros cayos donde termina Estados Unidos. Ahí sí pensé en la cantidad de gente que ha cruzado ese pedazo de mar que parece tan calmo desde miles de pies de altura. Tan calmo y tan azul, salpicado del sol de por la tarde. Terrible Estrecho de la Florida. También pensé en la cantidad de gente que jamás lo terminó de cruzar. Dejé el refresco a la mitad mientras pasaba la azafata. “Llegamos a Miami”, me dijo poco después Esteban.

Llegamos.

Isla afuera

He cambiado de locación.

Desde un apartamento en Miami, escribo este post para quien de alguna manera esté leyendo todavía Bastardos sin Gloria, preguntándose por qué Víctor ya no estaba escribiendo. A ese lector, y sólo a ese, le debo una explicación.

Mis últimos meses en Cuba fueron una carrera para todo, amarrando los últimos cabos sueltos -o soltando los últimos cabos amarrados- que quedaban para poder irme de mi país, a vivir a Estados Unidos. Buscando papeles, terminando o posponiendo compromisos, despidiéndome de gente, de lugares, de momentos; así fueron mis últimos días allá en Cuba. Y tamibién también temiendo que no me pudiese ir porque a última hora a alguien no le diera la gana, pero eso era pura paranoia porque quienes lo hubiesen podido impedir estarían más ansiosos de que me largara, de una puñetera vez.

Venir acá era una idea que tenía hacía tiempo y que pensé no debía compartir sino con mis más cercanos amigos. Quienes tenían que saber, sabían, y agradezco mucho el apoyo que me dieron siempre, así como su discreción.

Ahora estoy aquí, como inmigrante, en un país inmenso que me abrió sus puertas y me ha brindado la oportunidad de empezar de cero. Ya no estoy en Cuba físicamente, pero guardo esas imágenes que me transportan a donde he vivido hasta hoy. En espíritu también estoy aquí, porque era lo más importante que debía traerme además de mis zapatos, con los que salí de mi tierra por mis propios pies. Esto último es importante, mucho: por mis propios pies. Salí escapando de una realidad que no prometía nada bueno para alguien como yo, un poco dado a expresar lo que piensa y últimamente a estar perseguido e incluso encerrado; pero también fue mi decisión, y sólo mía, el irme. A fin de cuentas, hay gente mucho más valiente que sufre en Cuba por buscar un camino, y con todo, se queda.

Sólo ida: mi último recuerdo de Cuba.
Sólo ida: mi último recuerdo de Cuba.

Aclaro esto porque no es mi intención sumarme a ningún club de exiliados nostálgicos. Desde que llegué a Estados Unidos me he dedicado de manera casi exclusiva a ser feliz y a maravillarme con todo. ¿Cuba? Te quiero donde quiera que estés, pero yo soy más que un cubano. Basta ya de tanta queja por una país que, lejos de arrebatarnos,entregamos con más o menos disgusto pero abandonamos a su suerte, a fin de cuentas, muchos de los que decidimos brincar al otro lado del charco.

No soy un exiliado: soy un inmigrante. No me quitaron mi patria -o como sea se defina el lugar donde nací y crecí y amé hasta hace dos meses- porque la llevo conmigo. Algún día seré An American Citizen, pero eso no me hará menos cubano tampoco.

Ahora empiezo otra etapa. Isla afuera en vez de Isla adentro. Ahora empiezo a escribir otra vez, luego de unos meses llenos de cambios. A partir de ahora, mi blog no hablará tanto de Cuba como de mí, aunque escribir aquí siempre ha sido escribir del Bastardo.

Una victoria para la oposición

Ayer asistí al conteo de votos que se realizó en el colegio electoral no.2, de la circunscripción 7, en los bajos del edificio FOCSA. Allí me encontré a Hildebrando Chaviano, a quien había entrevistado horas antes. El abogado miraba atentamente a la mesa donde las autoridades revisaban y acumulaban boletas, al otro lado del cristal.

Era uno de esos momentos en que se siente que algo histórico está sucediendo. La prensa extranjera y la nacional, los agentes de la Seguridad del Estado que te reconocen, la turba de gritones esperando del otro lado de la calle para cuando diesen los resultados… El ambiente se hallaba cargado y había una gran expectación. Era la primera vez que un “contrarrevolucionario” se medía contra los candidatos “revolucionarios”, la primera vez que en un mismo cartel se veían los rostros de uno y de otros.

Hildebrando perdió, al quedar unos cuantos votos por detrás. Yuniel López, el otro candidato opositor en estas elecciones, tampoco ganó en las urnas. Sin embargo, ayer se sumó una victoria para toda la oposición cubana: se demostró que sí hay una representatividad y que no existe un monolitismo. Se derrumbaron varios mitos.

Quien siga dudando de la variedad de opiniones políticas en Cuba -en lo referente a oficialismo y oposición-, o montado en la nube de la uniformidad de pensamiento, ahora no le queda sencillamente ningún pilar sobre el cual sostenerse. Resulta que algunos sí votaron por los candidatos “contrarrevolucionarios”, y eso legitima a la disidencia. Si bien el electorado no puede optar por un partido u otro -según la ley, no pueden competir partidos-, sí optó por actores que se sabe ofrecerán una alternativa, que lucharán por los intereses de su comunidad de una forma en que nadie ha luchado antes: sin miedo, sin ataduras, sin burocracia.

Los candidatos opositores perdieron, según los conteos, pero por otra parte ganaron mucho. Ganaron para ellos y para todos los que desean una Cuba diferente. Mostraron que pudiese haber un camino electoral si se logra el respaldo suficiente. Quizá para las próximas elecciones haya más zonas en donde alguien levante su mano y proponga a los que se enfrentan abiertamente al sistema Partido-Gobierno-Estado. Quizá, en los próximos años, la oposición logre capitalizar la inconformidad popular. Los votos que sumaron tanto Hildebrando como Yuniel dicen claramente que “estamos cansados y queremos algo distinto”.

 

 

Héroes anónimos

Después de meses sin entrar a mi blog, quisiera retomarlo de nuevo con unas palabras dedicadas a un amigo que recientemente se fue de Cuba, de regreso a su país. Y quisiera dedicarle este post, al menos un breve comentario, porque en parte gracias a esa persona estoy escribiendo hoy.

Forma parte de ese club de gente anónima que ha existido en todo instante y en todo lugar, ayudando a hacer un cambio. Con la mejor de las voluntades, con paciencia -a veces hay quien no sabe agradecerle-, pero sobre todo con la humildad propia de los que más lejos se encuentran del estrellato. No es que los famosos sean malos, no es que no sean héroes: es que de los héroes sin nombre casi nadie se acuerda porque los héroes “verdaderos” suelen ser mediáticos y ocupar toda la atención. Aunque, vuelvo a decirlo, eso no es malo.

Sin embargo, quisiera invitar a todo el que lee este post a que piense en alguien, que hayan conocido alguna vez, cuyo trabajo haya influido en la vida de muchos sin que esos muchos se enteren o siquiera sospechen. Busque, recuerde, debe haber alguien. La historia no tiene un lugar reservado para ese héroe sin rostro, pero sabemos que las cosas no serían iguales sin esa contribución silenciosa y totalmente desinteresada.

Héroes anónimos que me leen, gracias a ustedes por su trabajo. Al amigo, una vez más, muchas gracias. Le deseo la mejor de las suertes. Aunque quizá no nos volvamos a encontrar no obstante a lo pequeño que se está volviendo el mundo, seguramente sí sabe que siempre estará con nosotros. Un abrazo.

Esperando “La Noticia”

Mientras se acercaba el mediodía de este viernes, los rumores se hacían cada vez más fuertes. A tres semanas del comunicado presidencial sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con EE UU, corría la voz de que el presidente Raúl Castro volvería a ofrecer una alocución.

Dado lo dramático de las palabras del General-Presidente durante el anuncio del pasado 17 de diciembre, lo único que podían pensar muchos es que hoy se informaría que el ex presidente Fidel Castro, quien gobernó Cuba durante 47 años, finalmente había muerto o se encontraba en estado crítico. Después de todo, el Jefe de la Revolución no sale en público hace más de un año.

El suspenso es terreno fértil para las especulaciones. Durante la espera por algo que no se sabía si iba a suceder, llovían los mensajes de texto y los correos electrónicos en nuestros teléfonos. Las señales eran contradictorias: de un lado, los editoriales que gustan de adelantarse a los hechos cayendo en la tentación de la primicia; por otra parte, los desmentidos que parecían salir de los propios medios oficiales, comúnmente silenciosos cuando Fidel Castro “muere”. Porque –conste– esta no es la primera vez que se afilan los lápices para redactar el certificado de defunción del octogenario anciano.

Para colmo, la redacción de 14ymedio no tenía servicio eléctrico desde temprano en la mañana, y sólo gracias a unas baterías guardadas para casos de emergencia sintonizábamos una olvidada radio, esperando alguna confirmación. Pero nada: las emisoras transmitían los programas de siempre, sin indicio alguno de que transcurría una jornada fuera de lo normal. Como “el tiempo lo dice todo”, pasadas las doce del día era indudable que no habría alocución presidencial.

De todas formas, muchos cubanos continúan esperando La Noticia. Las mayúsculas son con toda intención de resaltar las veces que hemos imaginado ese instante, cuando escuchemos las palabras que pondrán punto final a un capítulo de nuestra historia que tiene nombre de persona. Persona que, por cierto, quisiéramos olvidar, a no ser porque representa lo que no debe ocurrir otra vez.

Lo irónico es que quizá La Noticia no tenga un peso político tan importante como el anuncio del 17 de diciembre último, que realmente marca nuestro futuro de forma inmediata. Fidel Castro está políticamente en coma desde hace años, pero el día que se le entierre será cuando empiece realmente la “hora cero” de la política cubana y, por supuesto, de la prensa también.

Texto publicado originalmente en 14ymedio.com

2015: incluso más libre

Ninguno de mis textos puede estar lleno de odio. Mucho menos el primero de este 2015, en el que me he propuesto –como mucha gente, seguro– crecerme en lo personal. Por eso no escribo nada desde el año pasado: he descansado durante días, desintoxicándome de una rabia que echaba a perder cualquier cosa que comenzara.

El pasado 30 de diciembre, en vísperas del último amanecer de 2014, vi cómo se acababa la luz del día desde el interior de la celda uno en la estación de policía de Guanabacoa. Vi llegar la noche por una rendija de escasos centímetros, la única que permitían los barrotes y un muro que se elevaba, severo, a medio metro de distancia.

Me mantuve acostado lo más que pude, tratando de dormir para que el tiempo transcurriese sin notarlo. Pero en vano: aún no podía creer que me tuviesen encerrado sin una causa. Los ruidos de la prisión, con el triste radiecito de los guardias, los portazos, la gritería del borracho de la celda de al lado; la luz del pasillo, que proyectaba la sombra de la reja sobre el piso del calabozo; y yo dando vueltas encima de aquel colchón con peste a sudor de preso.

“¿Por qué estoy aquí?”, pensaba una y otra vez.

Me habían detenido saliendo de mi edificio, donde me esperaba un agente de la (in)Seguridad del Estado y un par de policías, con un carro patrullero reservado en principio sólo para mí. No me preguntaron a dónde iba. El hombrecito vestido de civil le ordenó a los uniformados que me detuvieran, y ellos obedecieron. Mis padres llegaban en ese justo instante. La cuadra salió a ver qué ocurría. El hombrecito se puso nervioso y llamó a los jefazos. Mis padres también fueron montados en la patrulla y conducidos a la estación. Allá nos separaron.

El tiempo sin libertad física es dolorosamente lento. Perdí la cuenta de las veces que caminé en todas direcciones los siete pasos por tres que medía aquel espacio delimitado por paredes blancas. Ya mi compañero de celda había agotado todos sus acertijos de recluso y yo me empecinaba en no comer ni tomar agua. Me preguntaba qué habría sido de mis padres y qué sería de mi familia este fin de año, que quedó –y esto es un mérito que debo reconocerle a mis esbirros– como el peor que tenido en mi vida.

Pero hay una verdad por encima de todo lo que me ocurrió, y es que pese a mi encierro el sol salió y comenzó el último día del año. Hasta dentro del calabozo se hizo la luz, de lo cual dieron fe mis ojos. Y aunque me dolía la cabeza, y el estómago parecía tomar al resto del cuerpo como rehén, de nuevo pude ver la copa de aquel árbol a lo lejos, por la misma rendija donde se coló la noche. El año viejo se iría, mientras el nuevo rompía sus aguas.

“Firma esto aquí… Víctor”, me dijo el carcelero con el acta de acusación en las manos. En la causa se leía “Interés-C.I. (C/R)”, que significa “interés de la contrainteligencia” por ser yo un “contrarrevolucionario”. “No, no voy a firmar nada”, dije: el interés de la contrainteligencia o del mismísimo tirano de Raúl Castro no puede estar por encima de mis libertades.

Ya por la tarde, luego de más de veinticuatro horas de estar preso sin acusación, entonces tuvieron que soltarme. Pero antes de irme, un tal teniente Savón de Villa Marista me leyó un acta de advertencia que tampoco firmé, donde reza que soy “proclive a estar en actos de desorden público” o una estupidez parecida que no memoricé por mucho que les hice repetírmela.

Como último detalle, decidieron demostrarme su poder trasladándome a mi casa en una patrulla en vez de entregarme a mi familia que todavía esperaba afuera de la estación. Nadie, ni mis padres ni mi hermano, habían dormido. Aun así, después esperamos el año nuevo porque no podemos permitirnos que nos amarguen, como mismo no van a lograr que deje de hacer lo que sé: ante todo molestarlos, pues ya es algo personal. Ya les dije la otra vez que me detuvieron que yo soy libre, y en 2015 pienso serlo incluso más.